Mostrando entradas con la etiqueta 14. Siglo XX. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 14. Siglo XX. Mostrar todas las entradas

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Ocaña, el pintor de Cantillana




2017. Hace 70 años que nacía en Cantillana el artista José Pérez Ocaña. Hace tan sólo unos días se cumplieron 34 años de su muerte. Y en Sevilla se está organizando una exposición retrospectiva que finalizará muy pronto, el próximo 1 de octubre. Aún tenéis unos días para disfrutar de ella y de inundaros de luz y, sobretodo, de color. 

Es complejo hablar de Ocaña porque complejo era el personaje, complejo era el artista. Nacido en 1947 en la localidad de Cantillana, desde pequeño se sintió atraido por las tradiciones de su pueblo, especialmente de las religiosas, de las que bebió incansablemente desde pequeño, abrumado por la explosión barroca que ellas representaban. Siendo muy joven, y en vista de que allí le era muy difícil desarrollar toda su personalidad sin ser señalado con el dedo, decide trasladarse a Barcelona en la década de los setenta. Es entonces cuando eclosiona su talento creador, y lo hace a nivel pictórico, pero no se queda ahí, sino que se convierte en un personaje muy activo en los círculos políticos de izquierda y en la reivindicación de los derechos de las personas homosexuales. Ocaña se convirtió en un activista, pero no lo hizo de cualquier manera. Ese espíritu combativo fue llevado a la calle con alegría, con irreverencia, a través de performances en las que, paradójicamente, mostraba las tradiciones más populares de su tierra natal, a las que nunca renunció, y en las que encontró un vehículo perfecto para llevar a cabo toda su creatividad: Paseos por Las Ramblas vestido con traje de gitana, procesiones con vírgenes realizadas con papel maché... Y todo.... con alegría

Paralelamente a estas acciones, sin las cuales es imposible entender su obra, fue desarrollando su faceta como pintor, en la que los temas y las influencias remiten igualmente a sus obsesiones infantiles, a pesar de que a nivel técnico haya influencias del Expresionismo, del Fauvismo o del Ate Naïf. Bautizos, bodas, velatorios, procesiones.... Nunca un artista fue tan moderno siendo tan barroco a la vez.

Y en 1983, cuando organizaba un carnaval de verano en su pueblo, al que siempre volvía periódicamente, encontró la muerte de la manera más teatral que uno pueda imaginarse. Disfrazado de sol y con cientos de bengalas, su traje comenzó a arder, causándole graves quemaduras y provocando su fallecimiento unos pocos días después. En cierto sentido, su muerte fue su última obra. 

Hace falta seguir reivindicando su producción artística. En Cantillana, en Sevilla, en Barcelona. Que nunca se pierda el recuerdo de un artista libre, sin etiquetas. De un creador auténtico.

Os dejo una reseña de la exposición "Ocaña. La pintura travestida" que aún puede verse en Sevilla. Además, también podéis echarle un vistazo a este vídeo

Y añado algunas de las obras que pueden verse en dicha exposición:












"Todo eso es como una poesía, como tradición, como superstición... Y yo lo mezclo con mi pintura porque me recuerda las cosas de mi pueblo".
"Las fiestas, los casamientos, los bautizos, el entierro... todo eso es parte de mi pintura y parte de mi vida y por eso yo mezclo cementerio con alegría y con canto y con bautizos, con borracheras, con romerías y con folclore"




lunes, 28 de agosto de 2017

Matazo Kayama: Naturaleza e instrospección



Después de tanto tiempo sin publicar, quizás no sea mala idea hacerlo de la mano de un pintor relativamente poco conocido en España, como es el caso del japonés Matazo Kayama (1927-2004). Atendiendo a los años en los que desarrolló su producción artística, podría haberse tratado de un creador en la órbita del expresionismo abstracto, pero sin embargo nos encontramos ante un firme defensor de la pintura figurativa, en la que, como es lógico, se advierten influencias. Dichas influencias van y vienen de Oriente a Occidente, pues si bien no es difícil adivinar en sus obras ciertos rasgos del Cubismo, del Futurismo e incluso del Op Art, también es un pintor que apostó por revisar ciertas tradiciones artísticas de su país natal. Y aquí es donde tenemos que citar al estilo Nihonga, imperante en el Japón de finales del siglo XIX y principios del XX, y caracterizado por una conexión poética con la naturaleza, a través de obras espirituales, casi místicas.

Con estas dos influencias, Matazo Kayama construye una obra muy interesante y original, llena de sugerencias, en la que lo moderno y lo tradicional se dan la mano. Sus pinturas, de marcado carácter decorativo, tienen en la naturaleza su tema principal. Y dentro de ella, los animales ocupan un papel primordial. Son especialmente llamativas las obras dedicadas a las aves, como es el caso de "Frozen forest", que encabeza esta entrada, y en la que cientos de pájaros negros gravitan en torno a un punto concreto de un bosque lúgubre. Tremendamente sugerente, es sólo un ejemplo de su capacidad para crear atmósferas inquietantes, como también es el caso de "Winter´s veil".

Si nos detenemos a mirar un poco sus creaciones, nos daremos cuenta, además de las influencias antes citadas y del misterio que emanan todas las escenas, de cierto gusto por una gama cromática algo parca, en la que los negros, los ocres y los grises abunda por encima de cualquier otro color. No se trata de un estilo que invite a la felicidad, sino a la introspección, a la reflexión. Para ello, os recomiendo ver este vídeo con una selección de alguna de sus obras:


lunes, 2 de agosto de 2010

Guðjón Samúelsson.


Cuando estudiamos la evolución de los estilos artísticos en arquitectura, resulta sintomático que, en lo que a la arquitectura contemporánea se refiere, encontremos pocos ejemplos notorios dentro de la tipología religiosa. Pero eso no significa que no haya habido aportaciones de interés.

El período de entreguerras asistió al desarrollo del Expresionismo, aplicado, básicamente, a las artes plásticas (pintura y escultura). Las características del movimiento hacían poco viable un desarrollo de esos mismos presupuestos en la construcción de edificios. Sin embargo, y pese a lo que pudiera parecer, sí tenemos algunos ejemplos de arquitectura expresionista. Ejemplos quizá aislados, curiosos, caprichosos si se quiere, pero, en cualquier caso, testimonios de una época y de una sensibilidad muy concreta.

El Expresionismo fue un movimiento especialmente relevante en los países del norte de Europa. No es casualidad, por tanto, que sea en Dinamarca donde encontremos el ejemplar más destacado de arquitectura religiosa expresionista. Se trata de la Iglesia de Grundtvig, en Copenhague, construida entre 1921 y 1926 por Peeder y Kaare Klint. La fachada reproduce la estructura de un gran órgano de ladrillo que alcanza los 49 metros de altura. La finalidad del edificio queda clara al provocar en el espectador una reacción inmediata en la que priman los sentimientos sobre la razón, y la arquitectura está plenamente sometida, según vemos, a la expresividad de todos y cada uno de los elementos constructivos. Incluso la ubicación de la iglesia, con una calle marcando la perspectiva de la fachada principal, es claramente intencionada y busca esa misma respuesta en el espectador, que se verá sorprendido por la presencia de aquella gran y extraña mole de ladrillo.

Siguiendo los pasos de esta singular obra nos encontramos con la figura de otro arquitecto nórdico, como es Guðjón Samúelsson (1887-1950), de origen islandés. Él es el áutor de la portentosa iglesia que encabeza esta entrada, la Hallgrímskirkja de Reykjavik (Islandia). Comenzó a levantarse en 1948, cuatro años después de conseguir Islandia la independencia de Dinamarca. No resulta extraño, por tanto, que para levantar este edificio sirviera de inspiración la obra de un arquitecto danés, de modo que, a pesar de que se comenzara a edificar 20 años después, las conexiones resultan más o menos claras. Hay que matizar, no obstante, que este ambicioso proyecto no sería terminado en su totalidad hasta 1986. Aún así, el aspecto es bastante unitario, y todo parace indicar que se siguieron con relativa fidelidad las trazas del proyecto original de su autor, fallecido tan sólo dos años después de comenzarse los trabajos en el centro de la capital islandesa. De planta de salón y una única nave, la iglesia viene a ser una adaptación contemporánea de los templos germánicos y nórdicos de la Baja Edad Media. Una interpretación de la hallenkirchen alemana en la que sobresale una fachada sumamente original de la que su torre es absoluta e indiscutible protagonista con sus 75 metros de altitud, siendo el edificio más alto del país y una seña de identidad de la ciudad, sobre la que planea orgullosa, destacándose sobre un caserío de poca altura, y siendo visible prácticamente desde cualquier punto de Reykjavik.

Aunque más de la mitad de la población islandesa se asiente en la capital, encontramos otro núcleo urbano de relativa importancia en el norte de la isla. Nos referimos a Akureyri, ciudad en la que Samúelsson construyó su iglesia mayor, la llamada Akureyrarkirkja. Terminada en 1940, es por tanto anterior al edificio antes analizado, y en ella acusamos más influencias de la arquitectura internacional. Por ello observamos un diseño más racionalista, pero en todo caso estamos igualmente ante un edificio singular y sorprendente.
Podríamos destacar más trabajos de este interesante aunque poco conocido arquitecto, algunos de ellos dentro de la arquitectura civil, pero hemos preferido destacar sus obras religiosas, por constituir ejemplos insólitos en su época. Para terminar, citaremos la Landakotskirkja, la catedral católica de Reykjavik, Mucho más conservadora en sus planteamientos, la obra es anterior a las dos anteriormente citadas. Concretamente se trata de un templo terminado en 1929, y obedece a una estética claramente neogótica, lo cual nos hace ver la influencia medieval antes anotada, tan presente en Europa Septentrional en todas las épocas.

viernes, 30 de abril de 2010

Delvaux sueña en silencio

El mundo de los sueños, que tanto interpretó el Surrealismo a nivel pictórico, escultórico, literario e incluso cinematográfico a partir de la década de los años 20 del pasado siglo, tuvo en su época un digno y curioso representante en Paul Delvaux (1897-1994). De nacionalidad belga, y aunque comenzó siendo un pintor de tendencia expresionista, pronto se sintió influenciado por su compatriota René Magritte, autor adscrito al Surrealismo desde sus comienzos, allá por 1926. Magritte, que juega en no pocas ocasiones con el juego de las apariencias y los equívocos, fue un punto de referencia para que Delvaux creara obras como Mujer ante el espejo o La Aurora, por citar sólo unos ejemplos. Si nos fijamos, el tratamiento del cuerpo desnudo, especialmente el femenino, es una de las constantes temáticas repetidas con insistencia a lo largo de su evolución creativa. Observamos cómo las mujeres pueblan unos paisajes oníricos, nocturnos la mayor parte de las veces (enfatizando así la idea del sueño), y en todos ellos parece percibirse la presencia de algo tan etéreo como el silencio.

En efecto, los personajes de Delvaux no parecen hablar, sino deambular por un paisaje normalmente desolado y hostil en el que las estaciones de ferrocoarril, por un lado, y los edificios clásicos, por otros, parecen servir de marco a las silenciosas escenas. Es quizás en esta extraña capacidad para reproducir los silencios donde reside parte del encanto de este pintor, cualidad esta que comparte con el pintor italiano Giorgio de Chirico, en el que el recuerdo a la arquitectura grecolatina es también una constante.

Consideramos que la producción artística de Delvaux es sumamente interesante, y que el hecho de que quede eclipsado por otras figuras del Surrealismo como Dalí, Miró, Magritte o Ernst no debe ser un obstáculo para seguir profundizando en su mundo, en su fantástico e intangible mundo.

Galería de imágenes de Paul Delvaux

Web del Museo Paul Delvaux



martes, 13 de abril de 2010

El sueño de Marc



Franz Marc (1880-1916) es uno de los pintores más destacados del Expresionismo. Movimiento artístico y cultural de gran vigencia durante el llamado período de Entreguerras, tuvo especial importancia en los países del norte de Europa. El caso más significativo fue el de Alemania, donde se fraguaron dos de los movimientos más conocidos del Expresionismo, como son Die brück (El Puente) y Der blaue reiter (El Jinete Azul). Este último fue fundado en Múnich en el año 1911 por Wassily Kandinsky y Fran Marc, formando parte del mismo pintores como August Macke, Paul Klee o Gabriele Munter, entre otros. Las diferencias existentes entre los pintores de El Puente y los de El Jinete Azul estriba principalmente en un tratamiento más dramático de los personajes y las temáticas en el primer caso, lo que se traduce también en una pincelada más vigorosa, más gruesa, más matérica. Por contra, los pintores de El Jinete Azul nos muestran una cara algo más amable, en la que el color cobra más protagonismo, entre otras cosas porque muchos de sus integrantes sentían cierta atracción por movimientos artísticos coétaneos, más experimentales desde un punto de vista más formal que temático, como son el Cubismo y el Fauvismo.

Estas dos influencias, Fauvismo y Cubismo, se integran de forma magistral en uno de los pintores más amables del grupo expresionista, como es Franz Marc. En sus cuadros predominan los colores primarios, saturados, llenos de fuerza, que nos transmiten vitalidad y un sentimiento de admiración por la naturaleza. Así, la temática se centra especialmente en paisajes de bosques y selvas en los que habitan caballos, zorros, tigres o vacas. Resulta muy curioso, y también muy característico del autor, el hecho de que se haya utilizado el color de una forma totalmente arbitraria, algo que nos remite directamente al Fauvismo, ya avanzado, en cierto modo, por Paul Gauguin, del que estuvimos hablando en la anterior entrada.

La conjunción de todos estos elementos dan como resultado unas obras vitalistas, llenas de vida, que en cierto modo constituyen un soplo de optimismo, al menos si establecemos una comparación con otros pintores expresionistas de su misma época.

En la imagen: El sueño, 1912, Museo Thyssen-Bornemisza (Madrid)

lunes, 9 de noviembre de 2009

Keith Haring en el Muro



Hoy, precisamente hoy, hace ya nada más y nada menos que 20 años desde que cayó el Muro de Berlín. Aquel que separó a la ciudad en dos mundos diametralmente opuestos durante más de 28 años. El símbolo de la Guerra Fría. Podríamos hablar horas y más horas sobre él, pues a ambos lados del mismo debieron surgir interminables historias que no aparecen en los libros, pero que seguramente fueron fiel reflejo de una sociedad dividida por expreso deseo de sus dirigentes.

Hoy podríamos hablar de otros muros, pero vamos a evitarlo, para centrarnos en la celebración del aniversario de uno de los acontecimientos más hermosos de la Historia del Siglo XX. Y lo vamos a hacer, como no podía ser de otra forma en este blog, desde una perspectiva artística. No es que el muro en sí constituyera una notable construcción arquitectónica. Se limitaba a ser una dobe pared de hormigón que rodeaba a Berlín Occidental, convirténdola en una isla capitalista dentro del comunismo representado por la República Democrática Alemana (RDA). Entre ambos muros se disponían una serie de alambradas y torres de control que vigilaban que ningún álemán del este pasara a la parte occidental. Levantado en 1961, el objetivo era evitar el goteo continuo de alemanes orientales hacia la República Federal Alemana (RFA) a través del aeropuerto de Berlín Occidental.

A veces, como ya hemos dicho aquí varias veces, ante la adversidad, surge el genio creador del hombre. Y es por eso que, algo tan gris como este muro sirvió de soporte para que los artistas de la parte occidental dejaran muestra de sus creaciones y de sus inquietudes, a través de lo que denominamos graffitis, que vivieron su mayor desarrollo desde finales de la década de los 70. La caída del Muro en 1989 se llevó por delante la mayoría de estos testimonios, -unos coloristas y llenos de optimismo, otros críticos con el sistema-, pero se conservan documentos gráficos que hoy nos resultan de gran interés, pues gracias a ellos hoy podemos conocer que en él estuvieron trabajando artistas de renombre, como es el caso de Keith Haring (1958-1990).

Este artista estadounidense, que parte de algunos de los planteamientos del Pop Art y específicamente de Andy Warhol por su concepto democratizador del Arte, encontró un estilo propio y personal, influenciado por el cómic, en el que el colorido y las figuras sintéticas eran los protagonistas. Composiciones sencillas, directas, accesibles al gran público, que hacían válida la premisa de "menos es más". Este hecho le hizo conectar con el público, y hoy día su obra es reproducida de forma seriada en lo que es una absoluta popularización de su arte. En 1986, coincidiendo con el 25º aniversario del Muro de Berlín, estuvo realizando un gran panel en el que, sobre fondo amarillo, distintas figuras antropomórficas de perfiles rojos y negros parecen unirse en una sucesión infinita. Con unas pocas líneas logró una gran expresividad, llenando de optimismo una construcción a la que sólo quedaba poco más de tres años de vida.

Aunque la propia concepción del graffiti parte de una idea efímera, no parecía que el muro fuera así. Pero la historia habló por boca de sus ciudadanos, que salieron en masa a derribarlo aprovechando un descuido en la rueda de prensa de uno de los dirigentes de la RDA. Aquel 9 de Noviembre Berlín hizo historia. A veces uno quisiera haber estado en ese lugar, ese mismo día.

Hoy, 20 años después, sólo quedan en pie dos fragmentos. Por un lado, el Memorial del Muro de Berlín, que reproduce la estructura y posee un centro de interpretación dotado de documentación gráfica y audiovisual, . Por otro, East Side Gallery, donde diversos artistas dejaron algunas de sus obras en la parte oriental, con posterioridad a 1989. Pueden ver al autor de este blog ante uno de los graffitis más conocidos, Test the best, de Birgit Kinder.



domingo, 8 de noviembre de 2009

Elogio de la Naturaleza


El escultor donostiarra Eduardo Chillida (1924-2002) es uno de los referentes en la historia de arte de la segunda mitad del siglo XX, y supone sin duda una de las cumbres escultóricas del arte español contemporáneo. Su obra es conocida a nivel internacional, tanto por parte de los especialistas como por gran parte del público, que reconoce fácilmente sus creaciones. Y ello es así porque la mayoría de sus obras pueden disfrutarse al aire libre, y ser tocadas, por expreso deseo del artista.

Uno de los mayores logros de la escultura del siglo XX fue el descubrimiento del vacío, como medio expresivo para construir composiciones, más allá de la reproducción mimética de la realidad. En este sentido, Chillida se inscribe dentro de la órbita de la escultura abstracta, influenciada por el constructivismo y, en su caso, con referencias a la poética del escultor rumano Constantin Brancusi .

Así, sus esculturas son estructuras casi arquitectónicas en las que las líneas curvas y las rectas establecen un diálogo constante en el que siempre triunfa el equilibrio, la quietud, el silencio. Diríase que se trata de un diálogo mudo, en el que se invita al espectador a reflexionar. Y esa reflexión casi siempre se establece en espacios abiertos cuidadosamente escogidos por el autor con objeto de que sus esculturas establezcan una relación con el paisaje, generalmente rural. Aunque observemos obras de carácter más urbano, como el Monumento a la Tolerancia de Sevilla, lo verdaderamente importante es la fusión con la naturaleza, algo que se ejemplifica, y de qué manera, en el Peine del Viento de San Sebastián, y, cómo no, en la hermosa obra que encabeza esta entrada, el Elogio del Horizonte, en Gijón. Compositivamente hablando, encontramos grandes paralelismos entre estas tres obras maestras. Pero otro punto que las conecta es, como decimos, ese homenaje continuo a la naturaleza, a la que enmarca dentro de unas obras en las que no sólo juega con los volúmenes, los vacíos y la incidencia de los fenómenos atmosféricos, sino también con la materia en sí, destacando el hierro y el hormigón, especialmente.

Poesía en la concepción de sus obras, poesía también en los títulos de las mismas, estamos sin duda ante uno de los creadores más personales de la escultura internacional del siglo XX. Un artista lleno de sensibilidad, que demuestra, en cada obra, un amor infinito por la naturaleza circundante.

"Yo soy de los que piensan, y para mí es muy importante, que los hombres somos de algún sitio. Lo ideal es que seamos de un lugar, que tengamos las raíces en un lugar, pero que nuestros brazos lleguen a todo el mundo, que nos valgan las ideas de cualquier cultura. Todos los lugares son perfectos para el que está adecuado a ellos y yo aquí en mi País Vasco me siento en mi sitio, como un árbol que está adecuado a su territorio, en su terreno pero con los brazos abiertos a todo el mundo. Yo estoy tratando de hacer la obra de un hombre, la mía porque yo soy yo, y como soy de aquí, esa obra tendrá unos tintes particulares, una luz negra, que es la nuestra."

Web del Museo Chillida Leku (Hernani, Guipúzcoa)


lunes, 2 de noviembre de 2009

Arte en el Cementerio


Tradicionalmente, hoy se celebra el día de los difuntos. Y son muchas las personas las que van al cementerio para visitar la tumba de sus familiares fallecidos. Esta costumbre, especialmente conservada en los pueblos de España, se acompaña por el cuidado y engalanamiento de las lápidas, nichos y tumbas con flores diversas. Una visita al cementerio puede sin embargo admitir otra lectura menos religiosa, y adoptar un sentido artístico, histórico y cultural. De hecho, hay algunos cementerios que podríamos denominar turísticos, como es el Cementerio Judío de Praga.

Sin embargo, no es necesario que tengamos que viajar para descubrir secretos dentro de un cementerio, pues una visita atenta y curiosa puede depararnos una radiografía social del pasado de nuestro pueblo, villa o ciudad. Si además se trata de un lugar importante, o que pudo tener gran importancia hace unos siglos, el interés es mayor, pues al hecho de que podamos encontrarnos personalidades célebres, se une la circunstancia de que, en ciertos casos, nos sorprendan tumbas y monumentos funerarios de notable calidad artística, muchas veces dedicados a personajes famosos. A este respecto, también puede darse el caso contrario, esto es, esculturas funerarias de escasa calidad artística dentro de la más pura tradición kitsch. Hay casos bien conocidos de estos últimos, que evitaremos citar para no herir sensibilidades.

Pero centrándonos en las obras de más prestigio dentro de la escultura funeraria contemporánea, vamos a detenernos en el Cementerio de Sevilla, presidido por la imponente figura del Cristo de las Mieles, obra en bronce realizada por el escultor Antonio Susillo a finales del siglo XIX. Muy probablemente, la obra más emblemática del camposanto sevillano sea la del Mausoleo de Joselito el Gallo, que el espectador podrá encontrar a pocos metros de la puerta de entrada. La muerte de este torero en 1920 en plena corrida causó una gran conmoción en Sevilla. La familia era consciente de esto, y por ello encargó un monumento funerario dedicado a su memoria, contando para ello con uno de los escultores españoles más prestigiosos del momento, como era Mariano Benlliure. Influenciado por la tradición clásica de Miguel Ángel, este artista valenciano no se caracterizó por romper las normas de la tradición escultórica como sí lo hicieron otros como Pablo Gargallo o Julio González , también españoles, en fechas similares. Al contrario, Benlliure apostó por un realismo que, en este caso que nos ocupa, parece beber de Auguste Rodin, y más concretamente de Los Burgueses de Calais, fechada hacia 1888. La obra que Benlliure realizó para Sevilla quedó concluida en 1922, y posteriormente fue instalada en el Cementerio, donde actualmente continúa. Realizado en bronce, se trata de un grupo abigarrado que conforma una composición centrípeta en la que todo gira hacia la figura del torero, que es transportado en su féretro por un conjunto de ciudadanos en el que se advierten algunos de los tipos costumbristas de la Sevilla de principios de siglo. Todos ellos muestran actitudes de dolor y de respeto y parecen avanzar hacia el cementerio en una estampa escalofriante por su realismo y por su concepción escenográfica y absolutamente teatral. Una de las notas más destacables es el hecho de que es precisamente la figura de Joselito la única que no está realizada en bronce, sino en mármol blanco, un material que, paradójicamente, da un carácter más vitalista que el bronce, que aquí se aplica a los vivos, invrtiendo los términos de manera magistral, y subrayando, de paso, la imagen del personaje principal de la escena.

Bien vale una visita al cementerio para admirar obras como la de hoy...


viernes, 23 de octubre de 2009

Rascacielos en la Gran Vía: El Edificio Capitol



Es probable que si le planteáramos a cualquier persona de la calle que nos dijera los nombres de las grandes obras de la arquitectura española, la mayor parte nos remitiría a las catedrales medievales, a los grandes logros del Barroco o, si me apuran, a las obras de Gaudí. Podría decirse que el arquitecto sería un privilegiado en lo que al reconocimiento popular se tiene acerca de los arquitectos españoles del siglo XX. Y podría decirse también que su nombre es ya sinónimo de clásico. Una marca inseparable de la Sagrada Familia o el Parque Güell.

No cabe duda que Gaudí fue un arquitecto muy destacado en la historia del arte no sólo español sino universal, y que su labor fue un hito importante en el tránsito que va del siglo XIX al XX. Pero recordemos que el Modernismo no deja de ser una evolución un tanto fantasiosa de los historicismos que se estaban desarrollando en el último tercio del siglo XIX, y que, contra lo que pueda parecer, las aportaciones meramente arquitectónicas no fueron tan relevantes como las decorativas.

El verdadero nacimiento de la arquitectura moderna española, que encontró en Le Corbusier un motivo de referencia, vino dado del nacimiento del GATEPAC (Grupo de Arquitectos y Técnicos Españoles para el Progeso de la Arquitectura Contemporánea) y de sus planteamientos prácticos y teóricos a través de la publicación A. C. (Documentos de Actividad Contemporánea). Gracias a estos arquitectos interesados en unos planteamientos más funcionales, se dio por cerrada una página de la arquitectura, que si bien interesante y prolífica, hacía ya tiempo que había quedado agotada en la repetición e interpretación de unos modelos que partían del Renacimiento y el Barroco.

Estamos hablando del primer tercio del siglo XX. Precisamente durante los años de la Segunda República se levantó en Madrid unos de los edificios que mejor ejemplifican esos cambios hacia presupuestos más pragmáticos. Estamos hablando del Edificio Capitol, construido entre 1931 y 1933 en el último tramo de la Gran Vía, una de las arterias principales de la capital, y en la que se venían edificando obras de gran envergadura, como el Edificio Metrópolis (1911), el Palacio de la Prensa (1926) o el Edificio Telefónica (1926-1929). Tras el edificio que hoy nos trae aquí, proyectado por Vicente Eded y Luis Martínez Feduchi, le seguirían otros, ya en época franquista, como son el Edificio España (1953) o la Torre de Madrid (1954-1960), situados en este caso en la cercana Plaza de España, y en donde se observa una regresión en los conceptos arquitectónicos, mucho más conservadores, en consonancia con la estética y la ideología del Régimen.

Actualmente, estos rascacielos madrileños han sido superados en altura por otras nuevas construcciones, levantadas especialmente en la zona norte de la ciudad. Pero todos ellos siguen teniendo un significado especial no sólo para los madrileños. En todo caso, queremos resaltar aquí todo lo que supuso en cuanto a la renovación arquitectónica del momento este singular edificio, que aprovecha el chaflán entre dos calles para adoptar una planta casi triangular, y que se sirve de la altura para así contrarrestar una superficie hasta cierto punto limitada. Es, por derecho propio, una de las imágenes más reconocibles de Madrid, y así ha quedado patente en las muchas películas en las que éste ha parecido, entre las que cabe resaltar, por el protagonismo que adquiere en las últimas secuencias, la de El día de la bestia, de Álex de la Iglesia.

martes, 30 de septiembre de 2008

Comentamos una obra pictórica: La raya verde



Terminamos este recorrido previo a los grandes momentos del Arte viendo cómo se comenta una obra pictórica. Recordemos que la pintura es una disciplina artística enormemente amplia y variada, por lo que en función de la época en la que nos encontremos, o el estilo o movimiento que estemos analizando, tendremos que centrarnos en unos aspectos más que en otros. Aún así, esta pintura, de forma general, la podríamos comentar así:

Vamos a analizar una obra pictórica cuya técnica empleada es el óleo sobre lienzo. En la imagen podemos ver representado un retrato femenino en el que la atención parece estar centrada en la expresión del personaje, dado que prescinde de un fondo concreto y, por tanto, de la contextualización del mismo en un espacio determinado. Al observar la obra, parece bastante evidente que su autor no ha tenido especial interés en la representación del espacio, y por tanto carece de cualquier ilusión de perspectiva. Al contrario, apreciamos un fondo compartimentado en tres manchas de color sobre el que se recorta la figua principal del cuadro, que no hace sino resaltar el carácter plano de la composición. Hay que anotar que la obra ha sido concebida, fundamentalmente, en función al color, de forma que, a pesar de que observemos algunos trazos negros de considerable grosor, son las manchas de color las que verdaderamente organizan todos los elementos. En este sentido, habría que incidir en la enorme importancia que este elemento, el color, tiene en la pintura que nos ocupa. Ello lo podemos observar en la forma en que éstos han sido tratados, dado que huyen completamente de cualquier referencia real para, por el contrario, servir a un tratamiento arbitrario del mismo, como demuestra la raya verde que da nombre al cuadro, y que secciona la cara desde el pelo hasta la barbilla. Tanta importancia alcanza el color que la luz pasa a un segundo plano, de forma que ésta proviene de la viveza de las tonalidades que el pintor ha empleado. Todo ello ayuda a crear un efecto llamativo en el espectador, atraido no sólo por el singular tratamiento del color, sino también por el segmento verde que estructura la composición en dos partes casi siméticas.

Debemos situar esta conocida pintura en los primeros años del siglo XX, cuando empiezan a configurarse las llamadas vanguardias artísticas, también conocidas como "Ismos". Es el caso del Fauvismo, movimiento surgido en Francia hacia 1905. En un París cultural y artísticamente muy activo desde mediados del siglo XIX, una serie de artistas pretendían abrir nuevas perspectivas y planteamientos. En ese año de 1905, un grupo de pintores expuso una serie de obras que, con el tratamiento del color antes comentado, causó un gran revuelo entre la crítica de arte más conservadora. Es por ello que desde aquel momento se les llamó fieras (fauves), adejetivo del que derivó la denominación que aún hoy le damos. Entre aquellos pintores se encontraba Henri Matisse, autor de la obra que estamos analizando, La raya verde, pintada en ese mismo año. Junto a otros artitas como Vlaminck y Derain, inauguró un movimiento que, si bien no fue demasiado duradero en el tiempo, sí abrió paso a nuevas formas de experimentación, más interesadas en la forma que en el contenido. Entre sus influencias cabe anotar, no obstante, los avances que en cuanto a tratamiento del color realizó Paul Gauguin, uno de los máximos representantes del Postimpresionismo, así como las estampas japonesas que empezaron a ser conocidas en Europa en el último tercio del siglo XIX, influencia ésta especialmente patente en la obra que hemos analizado.

domingo, 7 de septiembre de 2008

El mundo de Cristina



Es muy común escuchar a veces que los norteamericanos no tienen historia y sus contribuciones al mundo del Arte han sido escasas. Esta aseveración no es, ni mucho menos, del todo cierta. Baste recordar que fue en esas primeras trece colonias británicas que darían paso a los Estados Unidos donde se dieron los primeros pasos hacia el Liberalismo, antes que en Francia. Baste recordar todo lo que conlleva la aparición de la industria cinematográfica, o la eclosión de los movimientos artísticos de vanguardia durante la segunda mitad del siglo XX tras la desoladora situación europea una vez acabó la Segunda Guerra Mundial. Historia reciente, puede ser, pero Historia. Y con mayúsculas.

El pintor que firma esta enigmática obra, El mundo de Cristina, no es ni el más conocido ni el más innovador del siglo XX. Andrew Wyeth, nacido en 1917, pintó este lienzo hacia el año 1948, mucho después de que en Europa se hubieran superado convencionalismos y siglos de tradición académica, y justo cuando la ciudad de Nueva York asistía al nacimiento del Expresionismo Abstracto, con autores como Jackson Pollock o Wilhem de Kooning. En este sentido, podría decirse que su obra no es especialmente novedosa, y mucho menos rompedora. Pero Wyeth no vivía en Nueva York. Wyeth era de Pensylvania. Y como es común en gran parte de la tradición pictórica estadounidense, basó su pintura en un acercamiento a la realidad, a medio camino entre lo anecdótico y lo pintoresco. Así, su producción está llena de paisajes rurales, de retratos de lugareños, en los que demuestra una absoluta maestría técnica especialmente visible en la minuciosidad con la que representa los elementos más nimios. Recordemos, además, que por los mismos años está trabajando, con soluciones estéticas similares aunque con una temática algo más urbana su compatriota Edward Hopper, que ha gozado de un mayor reconocimiento. Baste recordar esta Casa junto a las vías del tren para ver que las distancias entre ambos son más sutiles de lo que nos puede parecer.

En la obra que nos ocupa, observamos una casa de similares características al fondo del paisaje. Uno de los puntos fuertes de este cuadro se basa precisamente en la composición, esto es, en la forma en la que el autor ha conformado el paisaje, y en la decisión de situar la línea del horizonte tan extremadamente alta. Ello motiva que el espacio reservado al cielo sea bastante pequeño, mientras la mayor parte del cuadro está invadida por una pradera de tonalidades ocres y amarillentas, bastante uniforme, y únicamente salpicada por la figura de la joven Cristina que, de espaldas al espectador, parece querer alcanzar las casas que aún se divisan en la lejanía. Todos estos elementos, sabiamente conjugados como lo están, crean cierta sensación de desasosiego en el espectador, que muy fácilmente se preguntará qué hace la joven allí, hacia dónde se dirige, y cuál es su motivación. El resultado de esta sensacional obra está cercano a lo onírico, a lo fantasioso, y en la mano de cada espectador está la solución a cuál es verdaderamente el mundo de Cristina. No será difícil recordar además obras cinematográficas estadounidenses, como El mago de Oz (1939) o Psicosis (1960). Es, en definitiva, un cuadro que estimula la imaginación del que lo contempla.

La explicación oficialista de esta escena no es menos singular; al parecer, Cristina era una chica minusválida que iba arrastrándose por la pradera para coger flores y llevarlas a su casa. Wyeth nos la muestra débil y enfermiza, y pone el énfasis en el personaje, de forma que nos identifiquemos con él. Por ello las casas están lejanas. Por ello sentimos nosotros esa misma sensación de agobio, de impotencia ante el mundo desolador y amenazante circundante.

Si habéis quedado fascinados con esta pintura, aquí os propongo un vídeo para recorrer parte de la producción artística de Andrew Wyeth:

lunes, 18 de agosto de 2008

Kursaal




De sobra es conocida la transformación que supuso para Bilbao la construcción del Museo Guggenheim. En los mismos años, se edificaba en otra ciudad vasca otro edificio de estética rompedora que no trascendió tanto pero que igualmente supuso un revulsivo estético y paisajístico en una ciudad acostumbrada a una arquitectura clasicista de corte francés. En el año de 1999, se daba por finalizada la construcción del Auditorio y Palacio de Congresos Kursaal de San Sebastián. Uno de los arquitectos españoles más reconocidos a nivel internacional, como es el navarro Rafael Moneo (nacido en 1937), firmó una obra que, si bien causó cierto revuelo entre los donostiarras más tradicionales, hoy día es una de las señas de identidad de esta hermosa ciudad, y establece un diálogo perfectamente respetuoso con el entorno natural, entre la playa de la Zurriola y la desembocadura del Río Urumea.

El edificio se compone de dos cubos prismáticos de desigual tamaño y forma. Concebidos de forma austera, evitan sin embargo la monotonía para convertirse en elementos atractivos entre el azul y el verde del paisaje circundante. Uno de los puntos fuertes de esta singular obra es la iluminación nocturna, que aunque habitualmente es de un blanco amarillento, ha servido para "disfrazarlo" en función de efemérides o acontecimientos de relevancia, lo que ha servido para integrarlo más aún en la ciudad y convertirlo en un elemento vivo y cambiante.

Veamos algunos ejemplos:


El Kursaal durante el Festival de Cine de San Sebastián

El Kursaal el día del orgullo gay

El Kursaal convertido en regalo durante las navidades

El Kursaal con la bandera de la ciudad

El Kursaal covertido en anuncio de Volkswagen

El Kursaal con los colores de la Real Sociedad

El Kursaal durante el Carnaval

... o el Kursaal homenajeando al escultor Eduardo Chillida


Como vemos, una obra que está viva y en perpetua transformación. Un ejemplo de integración en el paisaje urbano y en la memoria colectiva de una ciudad.

lunes, 4 de agosto de 2008

¿Comunicación o incomunicación?




Durante este verano, una de las mejores cosas que pueden hacerse, desde el punto de vista cultural al menos, es acercarse al Museo Guggenheim de Bilbao para poder contemplar la exposición retrospectiva dedicada al escultor Juan Muñoz (1953-2001). Nos encontramos ante un artista brillante que, sin emabrgo, vio truncada su carrera profesional prematuramente y justo en el mejor momento, cuando ya era reconocido a nivel internacional. Sus primeras exposiciones en galerías datan de la década de los 80 del siglo XX. Desde entonces, su éxito fue en aumento, y gran parte de ese éxito se debe a la recuperación de la figura humana para la escultura contemporánea, sin que ello signifique necesariamente una renuncia a lo conceptual, que está presente en su obra de forma constante.

Sus esculturas son monocromas, siendo el gris el color predominante, y el papel maché, la resina y el bronce los materiales utilizados. Las obras más celebradas de Juan Muñoz son las denominadas piezas de conversación, en las que podemos ver grupos de personajes, más o menos numerosos, que se interrelacionan entre sí y ayudan al espectador a interrelacionarse con ellos, de forma que éste pueda caminar entre las esculturas e integrarse plenamente en la obra. Un acierto a nivel compositivo y también a nivel conceptual que nos lleva al campo de las instalaciones propias del arte contemporáneo, pero con el atractivo añadido de la comunicación humana. Parece no quedar claro si el artista quiere mostrarnos la comunicación, o más bien la incomunicación en un mundo globalizado y cada vez más deshumanizado. Así, nos podemos encontrar desde las sonrisas más histriónicas a las más desgarradoras muestras de soledad y desasosiego. La obra de Juan Muñoz tiene la capacidad de atraer al espectador sin la necesidad de renunciar a la vanguardia. Se aleja de la frialdad de otros artistas de su generación para adentrarse en el terreno de lo emocional, para sumergirse en las entrañas del ser humano. Esa es, quizás, la clave de su reconocimiento, desde Norteamérica a Europa. Y ese es el motivo también por el que recomiendo la visita a la exposición, la más importante que se le ha dedicado hasta el momento.

Yo de momento, me voy hacia allá. Una semana de vacaciones al País Vasco. Nos vemos a la vuelta!

Pincha aquí para ver una imagen general de la obra Muchas veces

Espacio dedicado en la web del Guggenheim a la exposición: Aquí

Y aquí un vídeo que explica mejor que ninguno la capacidad de este artista para conectar con el espectador:


viernes, 1 de agosto de 2008

Godofredo Ortega Muñoz




El Arte Español del siglo XX están tan lleno de grandes personalidades que a veces nos olvidamos de otros artistas que, desde una postura más discreta, también hicieron grandes aportaciones a la cultura de un país en horas difíciles. Siempre es bueno rescatar al pintor extremeño Godofredo Ortega Muñoz (1899-1982), autor de esta tierna y a la vez inquietante escena rural de burros que nos observan desde la cancela de una cerca torpemente cerrada con un gran pedrusco que puede deslizarse en cualquier momento.

Cuando la mayor parte de pintores españoles, muchos desde el exilio, apostaron por la desaparición de la figuración, otros, como Ortega Muñoz, mantuvieron un diálogo constante con la realidad. Esto no quiere decir que el extremeño no viajara ni recibiera influencias exteriores, puesto que durante más de dos décadas estuvo recorriendo incansablemente el viejo continente, y en su obra, los estudiosos han querido ver estrechas relaciones con el arte italiano, desde los clásicos a los contemporáneos, caso de los sensacionales Giorgio de Chirico, Carlo Carrá o Giorgio Morandi. Sea como fuere, a Ortega Muñoz lo encontramos trabajando en la España de la segunda mitad del siglo XX. Y lo hace desde la emoción. Lo hace a través de paisajes extremeños y castellanos, fundamentalmente rurales, en los que paulatinamente va despojándose de todo lo accesorio para centrarse en la esencia de las cosas. Digamos que es un paisaje tendente a la abstracción, una pintura de las pequeñas cosas, como hiciera trescientos años el también extremeño Francisco de Zurbarán. Su pintura pasa a convertirse en un silencioso recorrido por los campos de labor de su tierra natal, en los que los ocres y marrones alcanzan un papel protagonista. Pero lo más interesante de su obra, lo más sorprendente, es esa magia para dotar de belleza aquello que en principio es sencillo y austero. Ahí el espíritu extremeño. Aquel en el que lo más sencillo es a la vez lo más sublime.

miércoles, 30 de julio de 2008

Mondrian Boogie-Woogie



Es muy posible que el holandés Piet Mondrian (1872-1944) sea uno de los pintores abstractos más conocidos. Su obra constituye el ejemplo más claro de la abstracción geométrica que dio sus primeros pasos en la Europa de Entreguerras, al amparo de la Bauhaus en Alemania y De Stijl en los Países Bajos. No cabe duda que durante el primer tercio del siglo XX, las artes plásticas experimentaron importantes cambios que no hacían sino presagiar el nacimiento del arte conceptual en detrimento del objetual. No cabe duda tampoco que la situación política era tan caótica que los artistas decidieron combatir sus efectos con una creatividad sin límites, gracias a la cual se pusieron las bases del Arte tal y como hoy lo conocemos. Estaba claro; no era posible repetir los modelos heredados del Renacimiento una y otra vez. No en ese momento. No en esas circunstancias, con esos actores, en ese lugar. Había que dar una respuesta. Y esa respuesta no fue acomodaticia, ni complaciente. De ahí que aún hoy, este tipo de manifestaciones artísticas no hayan sido completamente asimiladas por gran parte del público.

Quizás al referirnos a Mondrian, al menos, el público podrá asentir con cierta simpatía ante la sabia utilización de los colores, fundamentalmente primarios, que son propios de sus obras. Quizás el público se haya familiarizado tanto con su obra que hasta le resulten agradables esos gruesos trazos negros rellenos de azul, rojo o amarillo. Quizás a ello haya contribuido la popularización de su obra, como bien muestra el, ya conocido, vestido mondrianesco de Yves Sant Laurent. Lo cierto es que Mondrian gusta más que ayer, y esperemos que menos que mañana.

La obra de Mondrian debe tanto a la pintura como al diseño gráfico. Pero lógicamente, el pintor tuvo que sufrir una evolución hasta desembocar en la depuración formal que es característica de su obra. En este sentido, cabe destacar una de sus obras más conocidas y hermosas, Broadwway Boogie-Woogie, que abre esta entrada. Piet Mondrian, aunque estuvo en la ciudad de New York anteriormente, decidió instalarse allí nada más estallar en Europa la Segunda Guerra Mundial. En esta célebre pintura abandona los trazos negros de sus obras anteriores para apostar por una mayor presencia del color, fundamentalmente del amarillo, poniendo de manifiesto la importancia de la luz en una ciudad vibrante y cosmopolita. El homenaje a la ciudad se completa con un conjunto de pequeños cuadrados azules y rojos, que ayudan a crear una sensación de movimiento intenso y desenfrenado. Desde luego, al observar este cuadro, el espectador parece estar viendo Nueva York desde el cielo. Y en efecto, Mondrian no se equivocó, puesto que, desde entonces, pasó a ser la capital artística del mundo, tras la decadencia europea, como bien muestran los movimientos de vanguardia surgidos entre sus calles, desde el Expresionismo Abstracto de Jackson Pollock hasta el Pop Art de Andy Warhol.

Para terminar, a Mondrian debo dar las gracias por haberme inspirado el diseño de mi programación didáctica de estas últimas oposiciones, y porque para mí es siempre un referente imprescindible en la Historia del Arte Universal.

Mondrian no es moderno. Mondrian es eterno...




domingo, 6 de julio de 2008

Lichtenstein y el mundo del Cómic



Como respuesta al Expresionismo Abstracto y a las vanguardias que apostaban por la desaparición de la figuración, surgió en los años 50 y 60 del siglo XX el denominado Pop Art, especialmente en los países anglosajones, con el Reino Unido y Estadios Unidos a la cabeza. El Pop Art supone, en efecto, una reacción figurativa, pero no hay que olvidar tampoco que nace precisamente de la no figuración, por lo que encontraremos algunos presupuestos de tipo conceptual tal y como venían pregonando las vanguardias artísticas desde el primer tercio del siglo XX. De esta forma, hay algo de la fina ironía que defendió el Dadaísmo, cuyos autores afirmaron que cualquier cosa podía ser Arte. Esta misma actitud, en principio iconoclasta, será la que defiendan los artistas pop, para desembocar, curiosamente, en la exaltación de los iconos. Es el caso de Andy Warhol, o de Roy Lichtenstein, autor al que pertenece la pintura que encabeza este texto.

El Pop Art defendía la cultura de masas en un momento histórico en el que empezaba a configurarse claramente la sociedad de consumo en los países desarrollados y plenamente industrializados. De ahí que se desarrollara precisamente en Europa y muy especialmente en Norteamérica, puesto que allí es donde el capitalismo estaba dando sus más importantes frutos. La sociedad estaba más cerca del mundo de la cultura, que se le hacía más accesible gracias a los medios de comunicación. Y a estos artistas no se les escapó la versión popular de esa nueva cultura, de ahí la denominación Pop. Si antaño los grandes héroes fueron los reyes, los emperadores o los santos, ahora los modelos a seguir eran actrices de Hollywood, cantantes de rock o superhéroes del mundo del cómic. Si antaño los bodegones se componían de grandes manjares, ahora era preciso representar latas de conservas o cajas de detergentes, tan habituales en la nueva sociedad naciente.

En Estados Unidos, uno de los artistas más singulares del Pop Art es Roy Lichtenstein (1923-1997). Nacido en Nueva York, tuvo muy de cerca los nuevos temas de la sociedad de masas. Su obra es fácilmente reconocible, puesto que apostó decididamente por la representación pictórica del mundo del cómic. No quiere decir esto que fuera un ilustrador de cómics, sino que éstos fueron el principal motivo de inspiración. Se trataba de una nueva forma de expresión artística y literaria que había experimentado un gran desarrollo al amparo de la popularización de la prensa escrita. Lichtenstein supo ver en ellos un símbolo claro de esa nueva sociedad y pasó dichos temas al formato del lienzo usando diversas técnicas. En dicha translación, los temas experimentan, lógicamente, un considerable aumento de tamaño. Esta es una de las causas principales por las que las pinturas del neoyorquino estén compuestas a veces a base de puntos de color. Es como si hubiéramos ampliado una viñeta hasta el infinito. Y en esa ampliación introduce en muchas ocasiones los textos originales de dichas viñetas, gracias a los cuáles podemos identificar mejor la escena.

En la imagen, una de las obras más conocidas de Lichetenstein: Chica ahogándose

domingo, 29 de junio de 2008

La llave de Magritte




El belga René Magritte (1898-1967) es uno de los pintores más singulares del arte del siglo XX. Constituye, junto con Dalí, Tanguy, Miró, Ernst, Delvaux, Domínguez y algunos más, el importante grupo de artistas surrealistas que llevaron a cabo su labor desde que André Breton publicara su Manifiesto Surrealista en 1924.

El Surrealismo, que encuentra en el filósofo Sigmund Freud uno de sus más claros referentes, apuesta por la representación artística del mundo del inconsciente. Es por ello que aboga por un arte despojado de prejuicios y de condicionamientos de tipo social o cultural. Por eso mismo, se defiende el automatismo, mediante el cual el artista se despoja de toda influencia y da rienda suelta a su imaginación. Es por ello que encontramos, entre los temas de los pintores surrealistas, temas fantásticos e imaginarios, directamente extraídos del mundo de los sueños. Del subsconsciente, en definitiva. Si desde el punto de vista temático el Surrealismo parece tener claros sus planteamientos, no ocurre lo mismo con la técnica, de tal forma que cada artista tendrá sus propios métodos para representar sus inquietudes. En cualquier caso, parece que la tendencia generalizada fue la de pintar con una depurada técnica y con un tratamiento clásico de la composición, en la que cobra especial importancia el dibujo. En efecto, si estos extraños paisajes y personajes son representados de la forma más realista posible, el efecto de desconcierto será mayor en el espectador.

En el caso de Magritte, podemos ver una apuesta clara y decidida por un cuidadoso dibujo con el que compone escenas en las que el juego a la equivocación es una de sus notas más características. La mezcla entre apariencia y verdad, entre sueño y realidad, es puesta sobre la mesa de forma deliberada en obras tan conocidas como El imperio de las luces, El modelo rojo, La tentativa imposible o Golconda, llegando a su punto más álgido en Esto no es una pipa. De entre todas sus obras, merece especial atención la que encabeza este texto, con un título tan sugestivo como La llave de los campos. Magritte vuelve a mostrarnos aquí su ironía y su fino sentido del humor. Haciendo gala de la más depurada técnica, compone una escena misteriosa y llena de poesía, consiquiendo que el espectador recapacite sobre la realidad de las cosas. Así, el cristal, una vez roto, parecía que era un espejo invertido de lo que, más allá de la ventana, se nos muestra. Un campo abierto a la imaginación.

sábado, 28 de junio de 2008

Hombre-Cactus



Frecuentemente, al hablar de las vanguardias artísticas del siglo XX, la escultura queda en un segundo plano. Es innegable que las transformaciones artísticas fueron más rápidas y prolíficas en la pintura, fundamentalmente debido a que el coste de los materiales pictóricos era lógicamente menor. Esta circunstancia motivó que el desarrollo de la escultura no fuera tan significativo, pero igualmente se produjeron importantes innovaciones desde que a finales del siglo XIX Auguste Rodin sentara las bases de la escultura contemporánea.

Uno de los escultores más importantes y originales de la primera mitad del siglo XX es el catalán Julio González (1876-1942). Él fue el responsable de la renovación escultórica española de su época, junto a Pablo Gargallo y Pablo Picasso, que también tuvo importantes incursiones en el campo de la escultura. En cierto modo, la obra de Julio González viene a ser una aplicación del Cubsimo a la escultura. A la tercera dimensión, en definitiva.

Julio González se formó en los ambientes culturales catalanes de principios de siglo dentro de la órbita del Modernismo, triunfante en esos momentos. Sin emabrgo, supo evolucionar, no sin renunciar a sus raíces catalanas, lo que puede apreciarse en la serie dedicada a la Montserrat, verdadera simbología del dolor humano ante la Guerra Civil Española. González se especializó en el uso del hierro como material para el desarrollo de su creación artística. Supo darle expresividad a algo aparentemente frío gracias a su dominio de las técnicas de forja y a su capacidad innata de innovar, lo que se demuestra en una producción escultórica que aboga por darle sentido al espacio en una interpretación de la figura humana que roza la abstracción. En este sentido, su obra no está lejos de la de Alexander Archipenko, verdadero precursor del espacio en la escultura.

Sirva como ejemplo de todo lo que decinmos este sorprendente Hombre-Cactus, en el que, usando el hierro, González descompone la figura hasta tal punto que nos es difícil la identificación de la obra si no disponemos del título de la misma. Aún así, tampoco debemos catalagar de abstracta esta obra, ya que, en última instancia, no se renuncia ni al tema ni a la figuración, algo que además el autor se encarga de subrayar mediante la introducción de un elemento naturalista como es un cactus.


lunes, 16 de junio de 2008

La danza de la vida




Hablar de Edvard Munch (1863-1944) es hablar de El grito. Pero Munch es algo más que una célebre pintura, sublime por otro lado, pero quizás excesivamente explotada. La producción artística de este pintor noruego es amplia e interesante, y pasa por ser uno de los más claros antecedentes del Expresionismo que dé sus mejores frutos en el primer tercio del siglo XX.

Los países más septentrionales de Europa jugaron un papel muy importante en la configuración de la sensibilidad expresionista. Noruega es un caso muy claro, y Munch su más insigne representante. La obra de este atormentado y solitario pintor está llena de referencias autobiográficas a través de una temática decadente que posibilita unas pinturas de atmósfera densa e inquietante, algo a lo que ayuda una técnica muy particular que tiene en la pincelada sinuosa una de sus notas más definitorias. Este ambiente cargado y pesimista es llevado al lienzo muchas veces a través de unos colores muy vivos, por muy paradójico que pueda parecer. Estamos hablando por tanto, de constantes estéticas que serán desarrolladas ampliamente por los expresionistas del siglo XX, pero que Munch utiliza ya desde los años 80 del siglo XIX.

Puede que La danza de la vida sea una de las pinturas más hermosas del noruego. Tiene el don de provocar en el espectador un sentimiento de perplejidad ante la escena inquietante y misteriosa que tiene lugar. En efecto, aunque la pareja que baila en la parte central nos pueda parecer distante, este cuadro no tendría la misma capacidad de atracción sin las dos figuras femeninas que flanquean la composición vestidas con unos trajes cuyos colores son diametralmente opuestos. Al fondo, otras parejas bailan en distintas actitudes. El escenario en el que tiene lugar esta extraña danza parece ser una verde llanura cercana a un lago que le sirve de espejo a la luna, tema muy querido por este pintor, como podemos ver en la magnífica Claro de luna. Acerca del significado de esta obra, se ha señalado la posibilidad de que se trate de una reinterpretación del tradicional tema iconográfico de las tres edades del hombre, pero aplicado en este caso al amor, lo cual nos pone de manifiesto que para Munch, el amor es la base de la vida. O la ausencia de éste. La mujer vestida de blanco vendría a significar la mujer madura, mientras que la mujer del traje negro sería un símbolo de la transitoriedad de los sentimientos, de la soledad, en definitiva. La joven pareja de la parte central estaría abocada, de forma inexorable, a la soledad, a la muerte. Una visión pesimista y resignada, por tanto, la que nos traza Munch. Una de tantas de la que encontramos en una trayectoria vital y profesional tan intensa como apasionante.

Web del Museo Munch de Oslo

A continuación, un vídeo sobre Munch que me parece sublime:



jueves, 5 de junio de 2008

Volando con Chagall



Marc Chagall (1887-1985) es uno de los pintores rusos más universales. No cabe duda que su figura fue una de las más originales del panorama artístico del París del período de entreguerras. Recordemos que por aquel entonces, la capital francesa lo era al mismo tiempo de la vanguardia artística a nivel internacional. A París llegaban todos los artistas. En París todo se movía. Y es por ello que allí se forjaron la mayor parte de las denominadas vanguardias históricas, como Fauvismo, Cubismo o Surrealismo.


Pero además, allí llegaron artistas que sin estar adscritos a ningún movimiento artístico concreto, desarrollaron su labor con bastante solvencia. En este contexto se desarrolló la llamada Escuela de París, en la que encontramos artistas tan significativos como Modigliani, Soutine o el autor de la pintura que podéis ver en la imagen, el anteriormente citado Marc Chagall. Algunos historiadores del arte lo han puesto en la órbita del expresionismo. Sin embargo, poco tiene que ver su pintura con el mundo pesimista que dejan translucir las obras de los expresionistas contemporáneos del período de entreguerras. El universo de Chagall, por contra, es tremendamente colorista, en el sentido en que apreciamos en su obra un sentimiento de vitalidad bastante evidente. Los personajes de Chagall son humildes muchas veces. Violinistas y payasos se sitúan en contextos tanto rurales como urbanos, pero siempre dentro de una temática en la que la imaginación alcanza un papel protagonista. Así, no es raro ver cómo hombres y mujeres sobrevuelan la ciudad en un ambiente onírico y casi infantil, que da como resultado final una pintura fuertemente evocadora, muy narrativa, que nos lleva a un mundo de imaginación y fantasía.

La obra que proponemos hoy se titula "El cumpleaños". Asistimos a una escena cotidiana, casi íntima, que se desarrolla en el interior de un hogar. A la izquierda puede verse una ventana desde la que se aprecian algunos detalles de la calle. Con una perspectiva deliberadamente insólita y un uso de un color muy saturado, Chagall compone una escena entrañable en la que parece mostrarnos el amor de una pareja durante la celebración de un aniversario, tal y como podemos ver en el ramo de flores que recibe la mujer y el bizcocho situado sobre la mesa. Una obra muy colorista y cromática, típica del mejor Chagall, en la que volvemos a ver cómo los personajes se elevan y parecen querer echar a volar.

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails