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domingo, 28 de febrero de 2010

Un pintor en Tahití


Paul Gauguin (1848-1903) fue uno de los pintores más atrevidos de finales del siglo XIX, y ocupa un lugar destacado en la Historia del Arte no sólo por su producción artística, sino también por la influencia que ésta ejerció sobre movimientos artísticos posteriores. Él es uno de los llamados postimpresionistas. Un creador que, partiendo del Impresionismo, logró crear un estilo propio, un sello inconfundible, hasta conformar algo totalmente novedoso y alejado de todo lo que el resto de los artistas de su tiempo realizaban.

Gauguin era sin duda un personaje peculiar. Cansado de su trabajo en la banca y del ruido de la gran ciudad, huirá de París en diferentes ocasiones hasta que por fin se dedique en cuerpo y alma a la tarea de pintar. Fruto de esas escapadas tenemos los cuadros de temática simbolista y religiosa realizados en Bretaña, como El cristo amarillo y La visión después del sermón. Vinculado por siempre a Vincent van Gogh, en cuya casa de Arles pasó una temporada y de la que quedan muestras tan emocionantes como el Retrato de Van Gogh pintando girasoles, Gauguin se especializó en dotar a sus obras de un extraordinario colorido, donde los amarillos y los rojos brillan saturados, potentes. No le importó lo más mínimo ir alejándose de la reproducción mimética de la realidad, y así se explica que entre sus imágenes veamos árboles rojos, ríos verdes, caballos azules o cristos amarillos. Esta utilización arbitraria del color no pasó desapercibida después de su muerte, y fue retomada por diversos artistas, entre los que destacan especialmente los Fauvistas.

Su obra no hubiera sido la misma, sin embrago, si no se hubiera acercado con la sinceridad de un niño a culturas exóticas de los confines del mundo. Logró alejarse del mundanal ruido, que tan poco le gustaba, cuando fijó su residencia en Tahití (Polinesia). Se introdujo de lleno en la cultura de los pobladores indígenas de la isla, llegando a titular los cuadros en la lengua autóctona de los personajes retratados. Este conjunto de obras pintadas en Tahití resulta insólito y lleno de calidad. Nos muestra a un Gauguin completamente original, lleno de luz, de color, y en cada cuadro, en cada imagen, hay un símbolo que leer. Puesto que no se trataba únicamente de dejar constancia de lo que se veía. Había nacido el Arte Contemporáneo.

En la imagen: Arearea



domingo, 14 de febrero de 2010

Seurat es un puntazo



Conforme avanzó el Impresionismo, hubo algunos pintores que, partiendo de dicho estilo, crearon nuevas visiones, más personales, tanto a nivel técnico como temático. Cabe destacar especialmente los logros del Puntillismo, representado fundamentalemnte por Paul Signac y Georges Seurat (1859-1891). Nos econtramos ante la versión más científica del Impresionismo, en donde la captación de los efectos lumínicos sobre los colores alcanza unas cotas de sofisticación nunca antes vistas, y en la que tiene mucha culpa la teoría de los colores, que será aplicada por los pintores puntillistas de una manera rigurosa y matemática.

Como decimos, Signac y Seurat serán los más importantes representantes del Puntillismo (también llamado Divisionismo). Ambos compondrán sus cuadros a través de pequeños y casi imperceptibles puntos de colores puros, que son minuciosamente situados en el lienzo teniendo en cuenta las teorías de Chevreul, de forma que el espectador, al alejarse del cuadro, perciba cómo dichos puntos de color se funden en la retina para crear los efectos buscados. Sin duda alguna, el procedimiento era sumamente artesanal y requería de muchas horas de trabajo. Así se explica el escaso número de obras que conservamos de Seurat. A esto debemos añadir que se especializó en obras de gran formato, y que murió con tan sólo 32 años.

Actualmente, algunas obras de Seurat son muy conocidas por el gran público. A la cabeza situamos Tarde en la Grand Jatte y Baño en Asnières. Si nos fijamos en estas obras, veremos cómo la espontaneidad que transmiten las obras impresionistas da paso a unas escenas de figuras monumentales, casi estáticas, que parecen haber sido colocadas en un paisaje bañado por la luz del mediodía. Se trata sin duda de otra visión, también interesante, que experimentará cierta evolución, tal y como vemos en El circo, que podéis ver más arriba, y en la que parece apreciarse cierto movimiento, a pesar de que las posturas resulten forzadas y artificiosas. Es evidente que los objetivos de Seurat no eran los mismos que los de Monet, Degas o Renoir, y de ahí lo diferente de sus resultados. Pero eso no significa que estemos ante un pintor de menor categoría. Antes al contrario, destacamos de él su moderna concepción del color aplicada a la pintura, y lo valoramos por haber abanderado un movimiento tan interesante como fugaz.

Está claro que Seurat es todo un puntazo.

viernes, 12 de febrero de 2010

Berthe Morisot


Como bien sabemos, el número de nombres de mujeres artistas que conocemos es muy reducido si lo comparamos con el de hombres. Eso no significa que no las hubiera. A pesar de que en el Impresionismo siempre suenan con fuerza Monet, Degas, Sisley o Renoir, también hubo unas aportaciones femeninas sumamente interesantes, que dieron al estilo nuevos matices, no exentos de una sensibilidad y un enfoque ciertamente diferente al masculino.

Así, pintoras como Eva Gonzalès, Marie Bracquemond o Mary Cassatt brillan por méritos propios. Y entre ellas sobresale especialmente Berthe Morisot (1841-1895), privilegiada creadora que aplicó las novedades impresionistas no sólo a los paisajes al aire libre tan típicos del movimiento (en los que ella introduce, a veces, juegos infantiles), sino también a la representación de interiores, en los que despliega toda su exquisita sensibilidad, posicionándose como la más capacitada de entre todo este grupo en la captación de las escenas cotidianas, intrascendentes, que suceden en las habitaciones de una casa.

En sus pinturas de interiores domésticos, Morisot nos suele mostrar a personajes femeninos realizando diversas tareas. Es evidente que el enfoque de estas escenas es sustancialmente distinto a la visión ofrecida por autores como Degas o Renoir, más interesados en la captación del desnudo femenino. Nuestra autora, sin embargo, aboga por unas mujeres pensantes, reflexivas, tanto si están leyendo como si se están cambiando de ropa. La sensación que la visión de este tipo de cuadros produce en el espectador es de sosiego y tranquilidad, algo a lo que ayuda una habitual luz clara que suele inundar las estancias, provocada por alguna ventana abierta (que a veces no vemos, pero intuimos), lo que le sirve a la pintora para mostrar la captación del momento inmediato típicamente impresionista, a la vez que nos habla de su virtuosismo técnico a la hora de manejar la gama del blanco y otros colores pastel.

El resultado final es de gran encanto y pone a la pintora, como decimos, a igual altura que a sus contemporáneos.

En la imagen, El espejo, en el Museo Thyssen-Bornemisza

Si pulsas aquí podrás ver una galería con algunas de las obras más representativas de Morisot.

También puedes leer esta entrada en el blog Nuevos Papeles, dedicado a la coeducación.


miércoles, 10 de febrero de 2010

El almuerzo de los remeros



Pierre-Auguste Renoir (1841-1919) es uno de los pintores que conformó el grupo de los Impresionistas. Como todos ellos, tuvo en los contrastes lumínicos una de sus características más acusadas. Ello lo podemos ver en obras tan conocidas como el Baile en el Moulin de la Galette, en donde apreciamos cómo la luz se filtra a través de los árboles para crear los deseados efectos de luz sobre los numerosos personajes que componen la escena, que nos habla de los divertimentos ociosos de la burguesía parisina del último tercio del siglo XIX. En su producción destaca la luminosidad con la que se acerca a la representación del cuerpo humano, especialmente el femenino, que será abordado con regularidad hasta el final de sus días.

A pesar de su inicial militancia en el Impresionismo, cuando las propuestas del estilo comiencen a agotarse y sus integrantes se dispersen, Renoir tomará un camino en el que, más que evolucionar en la depuración de las formas y los contornos de las figuras, optará por una vuelta al clasicismo, de forma que retomará el dibujo, que tan en segundo plano había quedado en algunas de sus obras. En este cambio ejerció una notable influencia un viaje a Italia, que le hizo descubrir la magia del Renacimiento. Este cambio de rumbo lo podemos ver en Los paraguas, fechado en 1885, pero incluso antes podemos apreciar esa paulatina vuelta a los presupuestos más clásicos. Un ejemplo puede ser El almuerzo de los remeros, una de sus obras más populares, en la que parecen fundirse Impresionismo y Clasicismo a partes iguales. Temáticamente, Renoir recurre aquí nuevamente a los momentos de relax de la sociedad de su tiempo, y nos muestra una escena cotidiana y llena de encanto que además supone un estudio psicológico de cada uno de los personajes retratados, que interactúan entre ellos en torno a una mesa repleta de manjares y bebidas.

Os dejo por aquí un fragmento de una hermosa película, "Amèlie", en donde podemos ver un curioso análisis de esta obra, a través de un anciano que lleva años reproduciéndola. Es consciente que cada vez que la pinta, las expresiones de los personajes varían, pero se siente incapaz de explicar qué es lo que siente la niña que, al fondo, eleva su vaso hacia la boca. ´Dicha secuencia la podéis ver nada más pulsar el "play"



martes, 9 de febrero de 2010

Folies-Bergère



Algunos estudiosos no consideran que Edouard Manet (1832-1883) sea un pintor impresionista, sino que más bien sirve de enlace entre el Realismo representado ejemplarmente por Gustave Courbet y el Impresionismo que tan bien nos muestra Claude Monet. Dado que a veces las eiquetas no hacen sino entorpecer el verdadero análisis de la obra artística e incluso limitan el conocimiento y el acercamiento que como espectadores tenemos que tener a ellas, nos centraremos en hablar de este pintor como un fiel exponente del arte de su tiempo, a nivel técnico, compositivo y temático.

Manet es un pintor excepcional. Pese a aparecer vinculado al Impresionismo, que como tal constituye la primera de las vanguardias artísticas que desde finales del siglo XIX azoten el hasta entonces acomodaticio panorama artístico europeo, nos encontramos ante un artista profundamente enamorado de la pintura de los garndes maestros del Renacimiento y especialmente del Barroco. Esto no es nada nuevo, y habría que recordar que los grandes pintores del arte contemporáneo se han acercado a los maestros para aprender de ellos, y desde ahí, evolucionar hacia nuevas ideas. En este caso, tendríamos que hacer mención a las viajes realizados a Holanda, Italia o España para conocer a los clásicos en sus museos. Fruto de estas visitas son obras como El niño con la espada, El torero muerto , Lola de Valencia o El pífano, en las que denota una acusada influencia del barroco español.

Tanto las obras antes citadas como otras tan famosas como Olimpia o El almuerzo sobre la hierba son anteriores al nacimiento oficial del Impresionismo en el año 1872. Pero ya va dando muestras de un creciente interés por intentar captar lo esencial y lo espontáneo, claves en la consolidación de dicho estilo. Así, cuando Manet, Renoir, Degas o Sisley salgan a pintar a los alrededores de la ciudad de París para captar la impresión causada por la incidencia de los fenómenos atmosféricos en la naturaleza, Manet hará tmabién lo propio, y así podemos verlo en sus visiones sobre Argenteuil.

Sin embargo, un recorrido por su producción nos hará recapacitar sobre cuáles son los temas más queridos por el pintor, y nos daremos cuenta que se mueve más cómodo cuando retrata la sociedad de su tiempo. Esto es algo de lo que tampoco escapan algunos de sus contemporáneos. De hecho, Degas o Renoir tienen obras de temática social. Manet ya había apuntado maneras en la década de los '60 al atraverse a retratar a prostitutas bien conocidas del París más bohemio. En cierto modo, adelanta uno de los temas que más cautivará al gran Toulousse-Lautrec. He querido ilustrar esta entrada con una de las últimas obras realizadas por Manet. El bar de Folies-Bergére es quizás una de sus mejores obras, por la emoción que transmite, por la exquisita composición y por el sugerente tratamiento cromático. Terminado en 1882, este lienzo es toda una radiografía social del ambiente nocturno de la bohemia parisina. Ante el espectador se sitúa una joven camarera apoyada sobre una mesa. El espejo que se dispone tras ella sirve para dar profundidad a la escena y para dar las claves ambientales del momento que pretende captarse, pero además facilita que nos adentremos en la situación. A pesar de que la escena está espléndidamente reflejada, y en ella podemos apreciar incluso hasta el humo del tabaco, lo verdaderamente interesante de esta sensacional pintura es el contraste existente entre la relajación de los clientes del bar y la expresión ensimismada de la protagonista, que dirige su mirada hacia el infinito mientras un cliente tocado con sombrero (esto lo vemos a través del espejo) parece pedirle una bebida. Lo que Manet intenta sugerirnos es que nos centremos en la camarera, que tratemos de comprender el porqué de su soledad, la razón de su melancolía. Es tan grande, tan inolvidable esta pintura, que con tan sólo un poco de imaginación trataremos de responder la razón de esas preguntas.

Para terminar, os propongo este bonito vídeo en que se aprecian interesantes primeros planos de algunos de los personajes de Manet:


lunes, 1 de febrero de 2010

Bonjour, Monsieur Courbet



Gustave Courbet (1819-1877) es uno de los pintores más completos y heterogéneos de su tiempo. Tocó prácticamente todas las temáticas, y con una calidad técnica que incluso resulta un tanto complejo establecer cuáles son sus mejores obras, porque en cada una de ellas podemos observar destellos de genialidad. Anticipa, en cierto modo, al Impresionismo, y sirve de puente entre el Realismo y dicho movimiento. Diríase que él sería el último realista, y Manet el primer impresionista. Entre uno y otro pintor no existen tantas diferencias como cabría pensar.

A pesar de que, como decimos, tenga en su haber pinturas de una notable calidad, voy a destacar este lienzo, en principio menor dentro de su producción, pero lleno de encanto, y, en cierto modo, revelador de una nueva forma de pintar que no tardaría en popularizarse. Si antes de detenernos en ella, nos paramos brevemente en El taller, observaremos al pintor autorretratado mientras ejecuta un paisaje en el interior de su estudio, en el que también apreciamos una mujer desnuda, que hacía las veces de modelo para sus creaciones. Aunque esta pintura, de gran formato, esté fechada en los mismos años que la obra que hoy queremos analizar, hay diferencias evidentes en la intencionalidad del artista, pues mientras que el El taller parece querer mostrarnos su oficio según una perspectiva tradicional, en este curioso cuadro, titulado Bonjour, Monsieur Courbet, nos ofrece una nueva visión, mucho más moderna, en la que el pintor, que también se autorretrata, ha salido al campo cargado con algunos utensilios necesarios para la tarea de pintar. Courbet nos está aquí adelantando una nueva forma de trabajar, más cercana a la naturaleza, que será desarrollada por los Impresionistas que vengan después de él. Tiene además el acierto de darle categoría de acontecimiento a una escena en principio instrascendente, espontánea si se quiere, en la que toda acción se reduce a un encuentro fortuito entre el artista y un coleccionista de arte en medio de una campiña, en la que además no falta un tratamiento de las luces y las sombras verdaderamente sorprendente.

Una pintura encantadora. Desde que la ví por vez primera en mis años de facultad, al verla, sonrío y digo en voz baja... Bonjour, Monsieur Courbet...


domingo, 31 de enero de 2010

El pintor del proletariado



Honoré Daumier (1808-1879) es uno de los mejores exponentes del Realismo en pintura. Se trata de un movimiento cultural que apuesta por atender las necesidades de la clase trabajadora, en creciente expansión a causa de los progresos derivados de la industrialización. Dichos progresos no vinieron acompañados necesariamente de unas mejores condiciones de vida para las clases más desfavorecidas, que vieron sin embargo que su situación en las ciudades era precaria a nivel económico y que apenas tenían derechos como obreros de las grandes fábricas que proliferaban en los más importantes núcleos industriales. El siglo XIX es por tanto el contexto del nacimiento del movimiento obrero, como respuesta a la situación que vivía el proletariado urbano. Es también el momento en el que nace el Realismo como una corriente cultural que reflejará la situación de un estrato social que hasta entonces había pasado desapercibido, cuando no olvidado, en las grandes corrintes artísticas.

Parece que, tras las ensoñaciones románticas, se hacía necesario un acercamiento a la realidad, a lo tangible. Y será cuando los obreros, los campesinos y la gente anónima pase a ocupar un papel protagonista en no pocas creaciones literarias, escultóricas o pictóricas. En el caso de la pintura realista, podemos citar el nuevo tratamiento que sobre el paisaje hará Camille Corot , pero también detenernos en el emocionante acercamiento que hace Jean-François Millet al mundo del campesinado. Cerraríamos esta lista con Gustave Courbet, del que hablaremos en la próxima entrada, y Honoré Daumier, al que dedicamos la de hoy.

Quizás pocos como Daumier para resumir con unas breves pinceladas la situación del proletariado. Con una técnica aparentemente descuidada, fruto probablemente de su afición al grabado, técnica que cultivará con mayor incidencia en los últimos años de su vida a causa de sus problemas económicos, nos ofrece una galería de personajes sumamente interesantes a pesar de que su catálogo pictórico no sea demasiado amplio. Y es que si nos centramos en tan sólo tres obras de este pintor, sabremos comprender hasta qué punto los presupuestos artísticos vigentes durante los últimos años parecían empezar a cambiar, y los temas iban centrándose, poco a poco, en la gente de a pie. Sólo así se explica, por ejemplo, la existencia de una obra como El vagón de tercera clase, una de las más reveladoras del estilo, y en la que los pobres ocupan la atención del espectador, quedando la burguesía de espaldas y en un premeditado segundo plano. Sólo así comprendemos el cariño con el que se acerca a la mujer trabajadora de su tiempo, como podemos ver en La lavandera. Ante esa situación de desamparo por parte de los poderosos, sólo cabía una respuesta común, que era la de hacer frente, a veces de forma contundente. Y esa reacción del pueblo es la que podemos apreciar en La huelga, pintura que encabeza esta entrada, y que resume a la perfección, desde un punto de vista artístico pero también histórico, todo aquello que venía pasando a mediados del siglo XIX.

domingo, 24 de enero de 2010

Tempestades



En 1844, William Turner (1775-1851) sorprendía al mundo del arte con su obra Lluvia, vapor y velocidad. No sería la primera vez que se valiera de los fenómenos atmosféricos para dar rienda suelta a un sentido de la composición absolutamente novedoso. Dos años antes, en 1842, realizaría la obra titulada Vapor en la costa de Harbour's Mouth durante una tormenta de nieve, que ilustra esta entrada. Estas dos pinturas tienen algunos puntos en común que lógicamente se explican por la cercanía temporal que media entre una y otra.

Para entender la temática de estas obras tenemos que remontarnos a la Revolución Industrial que había liderado desde finales del siglo XVIII Inglaterra, país natal de este artista. Es por ello que no es difícil encontrar dentro de sus creaciones alusiones más o menos evidentes al progreso técnico, que si en esta obra queda ejemplificado a través de un barco de vapor, en otras se refleja a través de una locomotora de ferrocarril. No cabe duda que los avances industriales vinieron acompañados de una revolución en los medios de transporte. Se constata además que los pintores no quedaron al margen de estos avances, por lo que interpretaron a través de sus obras todo cuanto se estaba desarrollando a nivel industrial y tecnológico. Resulta sintomático que encontremos un mayor número de estaciones de ferrocarri, trenes o barcos de vapor que de fábricas, seguramente menos evocadoras del progreso, menos fotogénicas.

Turner es posiblemente uno de los primeros pintores que se acercó al mundo del progreso. Y lo hizo con una técnica novedosa que en cierto modo adelanta algunas de las constantes que luego se verán explotadas con el Impresionismo. La pincelada es totalmente suelta en sus últimas obras, y su dirección parece seguir, en esta caso concreto, la de la tempestad que amenaza con volcar el barco. En cierto modo, el autor parece querer ensalzar a la naturaleza más que al progreso, actitud típicamente romántica, sólo que aquí no se recrea únicamente en elogiar al paisaje, sino que introduce elementos contemporáneos. Para esta obra nos ofrece una composición espiral en la que el barco ocupa la posición central. Todo parece estar mínimanente esbozado, dejándose al espectador el privilegio de atisbar los elementos que componen la escena. La gama cromática se reduce básicamente a los grises y los ocres, creando una atmósfera llena de poesía y melancolía.

Uno de los pintores que mejor ha llevado al Arte el concepto de lo Sublime.



miércoles, 13 de enero de 2010

Enfermos mentales



Si La libertad guiando al pueblo es la obra más popular de Delacroix, La balsa de la medusa lo es de Théodore Géricault (1791-1824), otro de los grandes pintores románticos franceses, cuya carrera, como vemos, se vio interrumpida relativamente pronto debido a su prematura muerte. Nos encontramos ante un típico artista romántico: atormentado, apasionado y tremendamente expresivo en sus creaciones. En efecto, al observar La balsa de la medusa podemos apreciar el gusto del artista por recalcar los aspectos más expresivos de los personajes, tanto a través de sus rostros como a través de sus cuerpos. En este sentido, tenemos que recordar que el extraordinario tratamiento anatómico que concede a los personajes de esta famosísima pintura tienen mucho que ver con un viaje realizado a Italia, donde quedó fascinado por la obra de Miguel Ángel, de tal forma que dichos personajes son tratados volumétricamente como si de esculturas se tratara.

Volumen y color parecen ser entonces dos de las preocupaciones básicas de este pintor. A ello se une un dibujo difuminado, que también veíamos en Delacroix, y un notable interés por la captación de los estados de ánimos de los personajes, a los que concede una fuerza expresiva de tal magnitud que los eleva a categoría de heróes, algo que por otra parte entronca de lleno con la tradición romántica.

En este sentido, vale la pena subrayar el conjunto de retratos que realizó entre 1821 y 1824, en los años finales de su corta vida, y en los que trató de hacer una certera radiografía de las distintas expresiones de la locura. Este interés por acercarse a personajes anónimos y marginales nos recuerda a la serie que Velázquez le dedicó a los bufones y enanos de la Corte, así como a las Pinturas Negras de Goya, contemporáneas a estos retratos de locos, tan interesantes como apasionantes. La inspiración para realizar estas obras no fue casual, y para ello tomó como modelos a una serie de personas que se encontraban ingresadas en un asilo psiquíátrico. Contemplando estos retratos, podemos comprender que la intención de Delacroix no tenía una única motivación. Así, si por un lado quería hacer una galería de expresiones relacionadas con la locura, por otro quería elevar a estos personajes por encima de sus anónimas vidas, darles notoriedad, y dignificarlos como seres humanos. El acercamiento psicológico a ellos es apabullante, y la sinceridad que sus miradas esquivas nos transmiten resulta del todo emocionante, casi doscientos años después. Géricault los inmorttalizó de tal forma que hoy día aún parece que respiraran.

En la imagen de más arriba podéis ver reflejada la monomanía del rapto de niños (aunque según los lugares y libros también aparece como el juego). Pero también podemos destacar la de la envidia, el juego, la cleptomanía o la manía de la orden militar. Todos ellos constituyen por sí solos espléndidos tratamientos, pero en su conjunto dan forma a una serie sumamente interesante y no lo suficientemente conocida.

Os sugiero una visita al fantástico blog Enseñ-Arte, en el que se encuentra una interesante entrada dedicada a estos retratos.


lunes, 11 de enero de 2010

La niña huérfana en el cementerio



La obra más conocida de Eugéne Delacroix (1798-1863) es sin género de dudas La libertad guiando al pueblo, un lienzo que resume buen parte de la situación política de la Europa del siglo XIX, con las revoluciones burguesas en primer plano. Es, al mismo tiempo, el más clarificador ejemplo de que el sentimiento se había impuesto a la razón, y que el Neoclasicismo daba paso al Romanticismo, un movimiento cultural más volcado en las sensaciones y pasiones del ser humano. Es también una obra con un fuerte carácter simbólico. El emblema de una época.

Pero Delacroix es más que esa famosa pintura. Y hemos de decir que entre sus obras encontramos un interesante conjunto de pinturas que nos hablan de su estancia en Argelia y del conocimiento que tuvo allí no sólo de las costumbres de sus habitantes, por entonces muy distintas a las de los burgueses europeos, sino también de la luz que el norte de África le proporcionaba, mucho más brillante y cegadora a la de su Francia natal. Fruto de ese viaje serán obras tan significativas como La matanza de Quíos, Mujeres de Argel o Los posesos de Tánger.

Al reparar en estas obras, nos llama la atención no sólo la temática que estas abordan, mucho menos sosegadas que las que había explorado el Neoclasicismo; tenemos también que fijarnos en los recursos técnicos, en ocasiones diametralmente opuestos a los utilizados por pintores anteriores como David o Ingres. Y es que mientras los pintores neoclásicos utilizaban un dibujo preciso y unas composiciones equilibradas, la respuesta de los románticos será una fuerte apuesta por composiciones mucho más abigarradas, acompañadas, como vemos, por un dibujo mucho más suelto que otorga al tratamiento del color un papel protagonista.

A veces, toda la técnica de un pintor de primera categoría como es Delacroix asombra al espectador, y es por ello que algunas de las pinturas antes mencionadas sean tan famosas. Ello no debe alejarnos de otras que, aunque menos conocidas, nos muestran la misma calidad. Por ello quisiera hablaros brevemente sobre La niña huérfana en el cementerio, que nos ha servido para ilustrar esta entrada. De formato menor que la mayor parte de las obras de su autor, data de 1824. Técnicamente presenta una solución cromática muy interesante que parece dejar el color en un segundo plano, tal como dijimos antes. La composición es muy atractiva y moderna, pues nos deja al personaje en el centro del cuadro en una actitud en movimiento, de tal forma que parece querer mostrarnos el extracto de un acontecimiento cuya interpretación concede al espectador. El recurso expresivo de mostrarnos al personaje de una forma fugaz y casi casual se acerca, por su inmediatez y su espontaneidad, a la fotografía, antes incluso que esta disciplina comenzara a desarrollarse. La expresión de la niña, anónima protagonista de la pintura, ayuda a esa sensación, dejando un poso de misterio a su alrededor. El resultado final es muy sugerente, y nos brinda, en definitiva, una pequeña obra maestra.


lunes, 30 de noviembre de 2009

Las mujeres de Rossetti



Es de sobra conocido que muchos artistas plásticos se sirvieron, a lo largo de los siglos, de distintos modelos para dar vida a sus creaciones. Muy conocido es el caso de Sandro Boticelli, que encontró en Simoneta Vespucci la inspiración para crear un modelo de Belleza que llega incluso hasta nuestros días.

Hoy vamos a detenernos en el apasionante siglo XIX, y más concretamente en la figura de Dante Gabriel Rossetti (1828-1882), fundador de la Hermandad Prerrafaelita junto a otros pintores como John Everett Millais o William Holman Hunt. La labor de estos artistas se sitúa a mediados del siglo en la Inglaterra victoriana. Era una época en la que el Romanticismo se iba agotando, y comenzaban a surgir nuevas tendencias artísticas que configurarían el nacimiento de las llamadas vanguardias. En este sentido, se abría un camino con dos direcciones: Por un lado, el Realismo. Por otro, el Simbolismo. Los prerrafaelitas optarían por la segunda opción, y darían origen a un estilo que influiría en los grandes simbolistas de finales de la centuria. Su nombre deriva de la intención de crear un arte que, en la medida de lo posible, reviviera la técnica pictórica de los pintores del Renacimiento, y más concretamente del Quattrocento italiano. Esto es, los anteriores a Rafael. Es por ello que en todas sus obras predominará un dibujo minucioso y detallado, así como un regusto por el detalle y los motivos decorativos. La temática de sus obras será variada, puesto que mientras unos opten por representaciones bíblicas y religiosas más cercanas al espíritu del Renacimiento, otros se inclinarán hacia otro tipo de historias más cercanas al Misticismo y en la que los símbolos juegan un papel más importante.

Este último es el caso de Rossetti, que aunque en sus inicios pintara obras como La Anunciación o La adolescencia de María, irá poco a poco inclinándose por obras como Venus Verticordia, La amada, Sibila Palmífera, Pía de Tolomei, Monna Vanna, Astarte Syriaca o El sueño con los ojos abiertos, así como el Concierto en el Prado que encabeza esta entrada. En todas ellas nos muestra una clara predilección por alegorías representadas en su mayor parte por mujeres de turbadora y melancólica belleza. Mujeres nada frágiles, sino contundentes, sensuales y fatales. Y si para Botticelli fue Simoneta Vespucci el símbolo de la Belleza femenina, para Rossetti lo fue Elizabeth Siddal, con quien estuvo casado, y a quien podemos adivinar en la mayoría de sus pinturas.

Una conjunción perfecta entre modelo y artista y una singular página de la Historia del Arte

viernes, 6 de noviembre de 2009

Caillebotte. Retratos de París



Aunque a la cabeza del grupo de los Impresionistas siempre situamos a Claude Monet, Auguste Renoir, Edgar Degas, Alfred Sisley o Edouard Manet, no debemos olvidar nunca que hubo muchos más pintores y pintoras en torno a ellos que, si bien no han gozado de la misma popularidad, sí realizaron grandes logros en el campo de la pintura impresionista y esa difícil y hasta entonces insólita tarea de captar las sensaciones en el momento adecuado. Artífices de la luz, tales como Armand Guillaumin, Frèderic Bazille, Camille Pisarro, Berthe Morisot o Mary Cassat, entre otros muchos, que abrieron la puerta de la vanguardia artística y superaron en muy pocos años varios siglos de convencionalismos pictóricos.

Hoy vamos a centrarnos en la figura de Gustave Caillebotte (1848-1894), y especialmente en su obra más conocida, Los acuchilladores de parqué. Al observar esta obra, bien podríamos pensar que es realista más que impresionista. Y en el fondo no nos faltaría razón. Evidentemente, las fronteras entre un estilo artístico y otro son mucho más permeables de lo que mucha gente piensa. Y en este caso concreto, hay que tener en cuenta que muy poco antes de que Claude Monet pintara su fabulosa Impresión, sol naciente, artistas como Jean François Millet u Honoré Daumier estaban dedicando sus obras a los obreros y campesinos. Incluso podríamos considerar a Edouard Manet como un pintor a medio camino entre Realismo e Impresionismo.

En el caso de Caillebotte, sucede algo parecido. Pertenecía a la clase burguesa y no sólo se dedicó a integrar el grupo de los Impresionistas desde un punto de vista estrictamente artístico, sino que también lo apoyó económicamente, sirviéndole de mecenas. Buena parte de su producción ahonda en los paisjes parisinos en los que lo que interesa es, más que el propio paisaje en sí, los habitantes que en él se desenvuelven. Son ciudadanos burgueses en su mayor parte, que recorren una ciudad melancólica en la que abundan las tonalidades ocres y las perspectivas novedosas, fotográficas, que son toda una seña de identidad de su autor.

En esta famoso lienzo que os mostramos, nos plantea una perspectiva bastante inusual en la pintura, y en donde se observa la influencia de la fotografía, que por aquel entonces comenzaba su exitosa andadura. De formato rectangular, casi la totalidad del cuadro aparece ocupada por el suelo de parqué sobre el que los acuchilladores trabajan. La gama cromática es escueta y se reduce a marrones y ocres. Sólo la luz que entra a través del balcón, y que actúa como punto de fuga, supone una salida a la situación un tanto desvalida de los protagonistas. Y a pesar de todo, hay poesía. He aquí la grandeza de una obra de arte. La capacidad de formular preguntas al espectador.

La obra de Gustave Caillebotte, a pesar de no ser demasiado extensa, resulta muy interesante cuando se acerca a la sociedad parisina de la época, y se diluye y pierde originalidad, sin embargo, cuando pone en marcha los mecanismos técnicos y los temas propios de los impresionistas. Por eso, preferimos quedarnos con su faceta de retratista de la ciudad. Porque en ellos es capaz de acaelerar la imaginación de quien los observa. Por su valor histórico y narrativo.

Veamos su obra de la mano del siempre emocionante Erik Satie:



miércoles, 27 de agosto de 2008

La ciudad de los ladrillos rojos



En los últimos años se está poniendo en valor la arquitectura industrial, hasta hace bien poco denostada, quizás debido a que la construcción de determinados complejos fabriles supuso la desaparición de restos más antiguos. Es posible que en aquel momento no supiera reconocerse el valor de una muralla medieval o de una iglesia barroca, pero precisamente por ello, hoy, nosotros, no debemos caer en el mismo error, y por tanto reconocer el valor artístico, cultural e histórico que suponen algunas de las costrucciones levantadas desde finales del siglo XVIII en Inglaterra y a lo largo del siglo XIX en el resto de Europa. Edificios funcionales, a veces fríos, pero que suponen un testimonio vivo de la gran revolución que cambió el mundo: La Revolución Industrial.

Tenemos que recordar que los primeros pasos para el nacimiento de la industria se dieron en Inglaterra, por múltiples factores tales como la iniciativa de una clase empresarial que ya conocía los primeros planteamientoe del capitalismo, por la existencia de una monarquía parlamentaria, y no totalitaria, o por la existencia de un buen número de colonias repartidas por todo el mundo. Precisamente al puerto de Liverpool llegaron no pocas materias primas para luego ser transformadas en aquellas primeras industrias, que tuvieron en dicha ciudad, así como en la cercana Manchester, sus dos núcleos originarios. No es casualidad que la primera línea de ferrocarril inaugurada en el mundo uniera, precisamente, estas dos ciudades inglesas.

Con el paso del tiempo, la actividad industrial de estas dos ciudades fue decreciendo, por diversas crisis cíclicas. Es por ello que en la actualidad estas dos ciudades, antaño florecientes, han tenido que reinvertarse a sí mismas. El caso de Manchester es especialmente significativo, de tal forma que, en las últimas décadas, especialmente en los últimos años, ha experimentado una transformación sumamente interesante que se basa fundamentalmente en la adecuación de la antigua arquitectura industrial a nuevos usos, ya sean residenciales o de ocio, y a la construcción de nuevos complejos arquitectónicos de vanguardia, dando como resultado una ciudad con pocos restos anteriores al siglo XVIII, pero en la que conviven en hábil armonía los nuevos edificios con las numerosas fachadas de ladrillo rojo. Una combinación singular que hace que la ciudad sea atractiva, e interesante, máxime si tenemos en cuenta que actualmente su vida cultural está en ebullición, y es considerada una de las ciudades más cosmpolitas del Reino Unido.

En la imagen de arriba, uno de los rincones con más encanto de Manchester: Canal Street.

Vistas de Manchester:



viernes, 30 de mayo de 2008

Los últimos días, los últimos paisajes



"Experimento una increible claridad en los momentos en que la naturaleza es tan hermosa. Pierdo la conciencia de mí mismo y las imágenes vienen como en un sueño..."

Vincent Van Gogh (1853-1890) escribió estas líneas pocos días antes de poner fin a su existencia. Uno es incapaz de resistirse a mirar esta soberbia pintura del holandés, el Campo de trigo sobrevolado por cuervos, sin recordar estas palabras visionarias una y otra vez. Parece que de repente el sueño de este pintor avanzara hacia nosotros invadiendo nuestro espacio. Los caminos hacia la nada, el cielo amenzante, los negros cuervos revoloteando. El impacto al primer instante.

Esta obra pertenece a un importante grupo de pinturas ejecutadas en la pequeña localidad francesa de Auvers-sur-Oise durante los dos últimos meses de vida del artista, entre mayo y julio de 1890. La figura de Van Gogh ha sido suficientemente aireada por numerosos investigadores, dentro y fuera de la Historia del Arte. Recomponer su vida no ha sido tarea difícil, gracias a la numerosa correspondencia que mantuvo con su hermano Thèo. En esas cartas podemos conocer sus inquietudes artísticas, sus influencias. Pero lo más importante que apreciamos en ellas es la visión atormentada de un pintor cuya producción se reduce básicamente a diez años de actividad en los que sin embargo trabajó de forma infatigable, compulsiva y casi enfermiza. De los Países Bajos a París, de París a Arles, de Arles a Saint Rèmy, de Saint Rèmy a Auvers, su trayectoria fue una búsqueda incesante y desesperada de una felicidad que nunca encontró. De las pinturas oscuras de campesinos a los paisajes impresionistas, del amarillo vibrante del mediodía francés a los inquietantes paisajes de cipreses y trigales, la obra de Van Gogh sigue emocionando al espectador de hoy en día.

Van Gogh dejó su vida en el Arte. Así se lo hizo a saber a su hermano en sus cartas. Pintar se convirtió para él en una obsesión sin la que no podía vivir. Cada vez dormía menos. Cada vez pintaba más. Conforme avanzamos cronológicamente en su obra su pincelada se hace más vigorosa, pás pastosa, más nerviosa. Sólo con ver un trazo podemos comprender el estado de ánimo de un Van Gogh totalmente poseído y vampirizado por una pintura que terminó dominando al pintor. Inquietantes, irrepetibles, los últimos paisajes de Van Gogh son el mejor testimonio de un artista que abrió paso posteriormente a los expresionistas de principios del siglo XX.

Ante las últimas obras de Van Gogh, sobre todo si se ven a pocos metros, es difícil no emocionarse, no sentir el escalofrío, el pellizco. Y no lo consigue con grandes historias. Lo hace con paisajes silenciosos, nocturnos o diurnos. Lo haga con un Campo de amapolas, lo haga con Dos figuras en el bosque, consigue la respuesta del espectador.

Web de la Exposición "Los últimos paisajes" celebrada en el Museo Thyssen de Madrid el año pasado


Ahora, volved a otra vez a la pintura de arriba y leed la frase nuevamente:

"Experimento una increible claridad en los momentos en que la naturaleza es tan hermosa. Pierdo conciencia de mí mismo y las imágenes vienen como en un sueño..."




lunes, 19 de mayo de 2008

El monje junto al mar



Quizás Caspar David Friedrich (1774-1840) mejor que ningún otro para comprender las características del Romanticismo, el movimiento cultural que se impuso en toda Europa desde finales del siglo XVIII y que vino a ser una respuesta totalmente antagónica a los presupuestos del Neoclasicismo. Como tantas veces pasa en el Arte, un movimiento sirvió de reacción contraria ante el movimiento inmediatamente anterior. Pasó con el Barroco respecto al Renacimiento, con el Neoclasicismo respecto al Barroco, y, esta vez, con el Romanticismo respecto al Neoclasicismo.

Frente a lo comedido, llegará lo apasionado. Frente a la razón, la pasión. Mundos misteriosos y la figura del hombre indefenso ante una naturaleza sublime e inabarcable. Como decimos, el alemán Friedrich es un buen ejemplo del Romanticismo en pintura. Hay que decir además que, el arte alemán, en general, tiene una carga expresiva que a lo largo de todas las épocas está marcada por un sentimiento melancólico y casi trágico de la vida. En este sentido, es fácil comprender que el Romanticismo encajó muy bien con la idiosincrasia del pueblo alemán. En esta maravillosa pintura, El monje junto al mar, Friedrich nos ofrece una visión de la naturaleza sumamente romántica. La figura del hombre aparece empequeñecida ante un inmenso mar sobre el que se sitúa un cielo nublado, gris ceniciento, que parece amenazar la propia existencia del religioso que pasea por la orilla. Esta visión de la naturaleza es propia de los románticos, como también los bosques tenebrosos y las ruinas medievales, que también se prodigan en la producción pictórica de Friedrich. Aunque hay obras quizás más conocidas, esta en concreto resulta sumamente interesante, porque además crea una composición bastante atrevida para la época, ya que los medios expresivos son mínimos. Si quitáramos la figura del monje, el cuadro se reduciría a un paisaje marino. Pero es que además, dicho paisaje estaría constituido, básicamente, por tres bandas de colores apagados, cuyo resultado, finalmente, es, por austero, sorprendemente cercano a la abstracción , aún a pesar de estar a principios del siglo XIX. No obstante, no debemos confundirnos: No se trataría en ningún caso de una obra abstracta, ya que la abstracción, por definición, no representa nada figurativo. En cualquier caso, esta bella pintura ha sido puesta en relación con el famoso Perro semihundido de Goya, que fue más lejos en sus planteamientos compositivos, si bien es algo posterior.

Friedrich. Hombre versus Naturaleza

No estaría de más deleitarse viendo obras de Friedrich acompañadas de buena música:



domingo, 18 de mayo de 2008

Los pintores se van al campo



El Impresionismo, ya se sabe, gusta a casi todo el mundo. Digamos que es uno de los movimientos artísticos que suele conocer el gran público. Pintores como Monet, Renoir o Degas suelen ser conocidos por la mayoría, y sus obras más famosas han sido reproducidas hasta la saciedad, estando presentes en no pocos despachos, salas de espera o pasillos de instituciones públicas o privadas. Desde este punto de vista, podríamos hablar de la popularización del Impresionismo, de su reproducción masiva en nuestra sociedad.

Recordemos que la palabra Impresionismo nació con la fantástica obra de Claude Monet Impresión, sol naciente, pintada en 1873. En estos años, un grupo de pintores franceses, desligados del oficialismo de los salones de exposiciones tradicionales, comenzaron a exponer de forma independiente unas pinturas que rompían con muchos de los cánones estéticos que habían estado vigentes hasta esa época. Si bien el mundo de la realidad ya había sido explorado por los pintores realistas desde hacía una década o dos, los impresionistas llegarán más lejos, y entre otras cosas sabrán reflejar la vida frenética de una ciudad rebosante de creatividad como era París en ese último tercio del siglo XIX. Pero además, los pintores impresionistas decidieron salir a pintar al campo. Y esto que hoy quizás nos parezca algo poco relevante, fue, en su momento, bastante novedoso. Hasta entonces, el pintor había trabajado exclusivamente en su taller, de forma que las representaciones de la naturaleza se basaban, en el mejor de los casos, en apuntes sueltos. Ahora, el pintor pudo ir a pintar in situ al lugar, gracias a la invención de la pintura en tubo, y a la generalización de lienzos más pequeños, fácilmente transportables. De esta forma, pudieron reflejar en sus obras un mayor acercamiento a la naturaleza, y ahí está una de las razones del extraordinario desarrrollo que tuvo el género paisajístico durante estos años. Además, el hecho de estar ante el motivo a representar, hizo posible la captación del momento preciso, de los contrastes lumínicos, de la impresión momentánea, lo que viene a ser una de las marcas de fábrica del Impresionismo. Todo ello, además, con una pincelada suelta, configurando composiciones estructuradas en función al color y no al dibujo, que pasó a un segundo plano, precisamente para posibilitar esa intención de inmediatez que estas obras requerían.

Si nos fijamos por ejemplo, en este hermoso lienzo de La mujer de la sombrilla, ejecutado por Claude Monet (1840-1926) en 1875, nos daremos cuenta, en primer momento, de la pincelada suelta, y de la intención por parte del artista de captar el momento en que una ligera brisa hace que la hierba del campo y el vestido de la figura femenina se muevan tímidamente, creando así una obra fresca y evocadora de un paseo matinal por el campo. Llama la atención el punto de vista del espectador, insólitamente bajo, lo cual debemos relacionar con la aparición en estos años de la fotografía, que dio pie a muchos pintores a realizar encuadres novedosos y hasta entonces poco frecuentes en las composiciones pictóricas.

Como vemos, los pintores se fueron al campo. Aunque Monet resume como ningún otro el espíritu del Impresionismo, y esta obra no es más que una de tantas realizadas bajo el sol de los campos franceses (veáse Las amapolas), lo cierto es que prácticamente todo el grupo de pintores impresionistas realizaron obras de similares características, aunque cada uno con sus propias peculiaridades, llegándose a dar el caso de que pintaran en grupo un mismo motivo.

Aquí os dejo un vídeo con algunas pinturas de Monet con el acompañamiento musical del contemporáneo y tocayo Claude Debussy, que ha sido considerado a veces como "músico impresionista". Un gozo para los sentidos.




viernes, 2 de mayo de 2008

El Barrio Obrero de Huelva




Hoy vamos a visitar una ciudad que no por desconocida deja de tener cierto encanto. Y buena parte del encanto de este enclave histórico en el que confluyen los ríos Tinto y Odiel viene motivado por el legado arquitectónico que dejaron los ingleses a finales del siglo XIX y principios del XX. Debemos para ello situarnos en la industrialización que experimentaron ciertas zonas de la Andalucía Occidental con motivo de la extracción de mineral. En este sentido, los yacimientos de Minas de Riotinto quizás sean los más paradigmáticos. El retraso industrial de la España de fines del siglo XIX y la escasa iniciativa empresarial de una Andalucía fundamentalmente agraria no hicieron posible un aprovechamiento nacional de estas importantes minas, lo que trajo consigo la consecuente explotación por parte de empresas extranjeras. Y no es ninguna novedad que los británicos partían con ventaja. Así, la compañía "Rio Tinto Company" comenzó la explotación de estos yacimientos en el año 1873.

Consecuencia de esto tenemos variados ejemplos de edificios e infraestucturas propios de la época en la provincia de Huelva. El caso del denominado Barrio Reina Victoria de la capital onubense, conocido popularmente como Barrio Obrero, es uno de los más llamativos. Se trata de un conjunto de 274 viviendas distribuidas en 88 edificios, edificado entre 1916 y 1929 por el brtitánico R.H.Morgan y los españoles José María Pérez Carasa y Gonzalo Aguado. Como resultado tenemos unas viviendas de estilo ecléctico en las que se combina la arquitectura popular inglesa con aportaciones del regionalismo español, y más concretamente andaluz, vigente en la época. Aunque en la actualidad están perfectamente integradas en el conjunto urbano y muy próximas al centro histórico, fueron proyectadas en la periferia de la Huelva de principios del siglo XX. En esta visión aérea podéis ver el conjunto. La idea remite al concepto de ciudad-jardín desarrollado desde mediados del siglo XIX, asociado al crecimiento industrial y al consecuentemente aumento de la población urbana.

Este proyecto no es, sin emabrgo, el único caso de arquitectura civil que edificaron los británicos en la ciudad de Huelva, ya que en 1883 se había levantado el Hotel Colón. Asimismo, tenemos la ejemplar Barriada de Bellavista en la localidad de Minas de Riotinto, y curiosas residencias de veraneo en la cercana playa de Punta Umbría.

El Barrio Reina Victoria, el Barrio Obrero, es un hito colorista y singular, de obligada y sosegada visita para todo aquel que pase por la ciudad de Huelva. Constituye un ejemplo muy poco común en España, lo que le ha valido la declaración de Bien de Interés Cultural, para una protección integral del mismo.

Podéis leer un breve artículo sobre el conjunto en este link. Y para ver más fotos, pinchad aquí

Por último, os recomiendo la visita al blog amigo ENGLISH IS ALL AROUND, que hoy también dedica su entrada a estas casas inglesas, para obtener una visión distinta y enriquecedora.

miércoles, 30 de abril de 2008

Trabajadores



1º DE MAYO, DÍA DEL TRABAJO

Podría pensarse que algo tan habitual como es el mundo de los trabajadores, el quehacer del día día de millones de hombres y mujeres, tiene un papel importante en la Historia del Arte. Sin embargo, no fue hasta mediados del siglo XIX cuando el mundo de los trabajadores alcance un verdadero protagonismo en las representaciones plásticas. Hasta entonces, sólo encontramos obras aisladas, englobadas en la denominada "pintura de género", y consistentes en la mayor parte de los casos en escenas anecdóticas, a veces incluso caricaturescas, de la vida y costumbres de los más humildes. Dichas obras corresponden además a autores muy puntuales y en ningún momento representaron un género importante. La tradición quería que sólo fueran dignos de ser representados los grandes héroes (ya fueran reales o imaginarios) o los asuntos religiosos.

A finales del siglo XVIII, el mundo empieza a evolucionar. Los sucesos de la Francia revolucionaria y las circunstancias derivados de la Revolución Industrial introdujeron importantes cambios en las estructuras políticas, sociales y económicas europeas. A mediados del siglo XIX, el movimiento obrero empieza a organizarse. Recordemos que en 1848 es publicado el Manifiesto Comunista de Marx.

En esos años, el mundo del Arte empieza a interesarse por los asuntos más cercanos al pueblo. Un grupo de pintores, fundamentalmente franceses, empezaron a dejar constancia en sus obras de la vida de los trabajadores del campo y de la ciudad, incidiendo en sus problemas sociales, en sus carencias. Y ello lo hacen además con suma empatía. El trabajador es dignificado y pasa a ser motivo principal de los cuadros, convirtiéndose en un héroe moderno. Este grupo de pintores, que dan nombre al llamado Realismo (en tanto en cuanto reflejan la realidad de las cosas, no tanto desde un punto de vista técnico como temático), pusieron las bases para que, en movimientos posteriores, el hombre, y no el personaje, fuera el verdadero tema.

Una de las mejores obras del Realismo es El Ángelus de Jean-François Millet (1814-1875). El pintor recoge en este lienzo un momento aparentemente intrascendente protagonizado por dos personajes anónimos, lejos de la gran ciudad. Una pareja de campesinos realiza un descanso a media mañana para rezar el ángelus, antes de reincorporarse a sus tareas agrícolas. Los personajes aparecen en el centro del cuadro y adoptan actitudes de respeto ante el momento que están viviendo. Detrás de ellos se despliega un amplio horizonte que no es sino el campo que ellos mismos trabajan. La obra respira silencio, sensibilidad. Los personajes aparecen dignificados. Un nuevo tema y una nueva forma de abordarlo entra en la historia de la pintura gracias a los pintores realistas de la Francia de mediados del siglo XIX.

domingo, 27 de abril de 2008

Visiones de España




Con el título de "Sorolla. Visión de España" se ha inaugurado este fin de semana en el Museo de Bellas Artes de Sevilla una exposición que va a estar recorriendo nuestro país durante más de un año. A Sevilla ha llegado desde Valencia, y luego visitará Málaga, Barcelona, Bilbao, Madrid y nuevamente Valencia, antes de volver a Nueva York. Esta muestra itinerante recoge los trabajos realizados por Joaquín Sorolla (1863-1923) para el encargo que recibió de la Hispanic Society of New York en el año de 1911. Esta institución, fundada por el millonario Hungtington, nacía con la misión de fomentar la lengua, literatura y arte de España y Portugal en los Estados Unidos. A tal efecto, se encargó al pintor levantino la realización de una serie de grandes lienzos que recogieran las principales tradiciones de la Península Ibérica. De esta forma, Sorolla comenzó a realizar la serie en 1912, y estuvo durante toda la década trabajando en este ambicioso proyecto. Aunque no se realizaron todas las escenas que en un principio se pensaron, la serie recrea los ambientes populares de las regiones españolas, estando muy presente Andalucía, y más concretamente Sevilla, a la que se dedican tres de ellas.

Sorolla era en esos momentos un pintor bastante reconocido. Se le considera, junto a Darío de Regoyos y Joaquín Mir, uno de los representantes del Impresionismo en España. Un impresionismo tardío, todo hay que decirlo, y sin algunas de las características que le dieron nombre en Francia. En cualquier caso, Sorolla nos da una visión sobre la luz hasta entonces insólita en el panorama de la pintura española.

La serie de obras que se muestran en esta gran exposición, que abarca los 14 trabajos realizados sobre las regiones españolas, nos ofrece algunas de las constantes de su autor, si bien en este caso, y por los motivos del encargo, se incide en los aspectos más tradicionales de las costumbres del país. Todo ello abordado con la sensibilidad a la que nos tiene acostumbrados. La imagen de arriba, "Los nazarenos", es una de las dedicadas a Sevilla. Recoge un momento de la Semana Santa hispalense, y tiene el acierto de captar el carácter teatral y escenográfico de la fiesta. Así, sitúa la escena en una estrecha calle sevillana con la Giralda como telón de fondo. Ante el espectador avanza el antiguo paso de palio de la Virgen del Rosario, precedido de un grupo de nazarenos de la Hermandad de la Carretería, entre los que se sitúa un penitente de la Hermandad de Montesión cargado con una cruz. A la procesión asisten tipos populares, entre los que no faltan mujeres ataviadas con mantilla y hombres cubiertos con sombrero. Parece que el pintor ha elegido los motivos de tal forma que pueda recomponer una estampa idealizada de la fiesta, pero no por ello falta a la realidad, pues la escena es de sobra consistente, y convicente, y además logra una armonía cromática verdaderamente admirable, como es común en su obra.

Creo que esta muestra es motivo más que suficiente para volver a redescubrir a este gran pintor.

Si quieres saber un poquito más sobre esta muestra, pincha aquí

Web del Museo Sorolla de Madrid: Pincha aquí

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