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domingo, 10 de enero de 2010

Bañistas de Ingres



Jean Auguste Dominique Ingres (1780-1867) es otro de los grandes pintores del Neoclasicismo. En él se materializa el amor hacia el cuerpo humano heredado de la antigüedad clásica y también del Renacimiento. En él, la búsqueda del ideal de belleza, en este caso femenina, será una constante y una razón vital sin la cual no se entiende su pintura. Así, si repasamos su producción pictórica, y aunque haya otros temas (destacando los retratos realizados a la nobleza y la burguesía de la Francia de su tiempo), es en la representación de la mujer donde alcanza sus mejores resultados.

Haciendo gala de un dibujo exquisito que roza la perfección, obras como La bañista de Valpinçon, La pequeña bañista, La gran odalisca, La odalisca y la esclava o El baño turco son una declaración de amor hacia la Belleza, plasmada a través del cuerpo de la mujer. De él dijo el poeta Charles Baudelaire: "Una de las cosas que, en mi opinión distinguen ante todo el talento de Ingres es su amor por la mujer. Su libertinaje es serio y lleno de convicción. Ingres no es nunca tan feliz ni tan poderoso como cuando su genio se enfrenta con los encantos de una belleza joven". En efecto, la simple observación de estas y otras obras no hace sino corroborar lo que nos dice Baudelaire para que nosotros podamos confirmarlo. Pero a esto tenemos que añadir además la meticulosidad con la que trata las texturas no sólo de los desnudos, sino de los textiles que en estas obras aparecen, y que le sirven para mostrar al espectador su virtuosismo técnico. Cortinajes, sábanas, alfombras, pañuelos, toallas, abanicos o plumajes, muchas veces de inspiración oriental, son comunes en su pintura.

En este sentido, es justo que reparemos en una de sus últimas obras maestras, El baño turco, fechada hacia 1863, por ser un compendio perfecto de este conjunto de obras que antes hemos citado. Aunque lo primero que nos llame la atención sea su formato circular (lo que posibilita una composición centrípeta sumamente interesante), inmediatamente después nos fijamos en la figura femenina que aparece de espaldas, modelo que ya había repetido en La bañista de Valpinçon (1808) y La pequeña bañista (1828). Resulta también muy sugerente el grupo de mujeres que se sitúa a la derecha de este personaje, especialmente la figura que levanta sus brazos por encima de su cabeza en una actitud totalmente entregada al espectador. Le sirve de contrapunto otra figura que, algo más alejada, cruza sus brazos y dirige su mirada hacia un punto indeterminado, mientras otra chica le mesa los cabellos. Al fondo se sitúa otro grupo de figuras, más numeroso pero algo menos elaborado, conformando, finalmente, una obra técnicamente intachable y resuelta con una maestría fuera de toda duda, a lo que ayuda la ambientación que se da a la estancia, y que nos habla de las experiencias del pintor en la ciudad de Constantinopla.




jueves, 7 de enero de 2010

Marat


La muerte de Marat es sin duda una de las pinturas más célebres del pintor francés Jacques-Louis David (1748-1825), referencia indiscutible del Neoclasicismo pictórico. Como tal, el Neoclasicismo trata de recuperar los valores estéticos y culturales de la civilización grecolatina. Desde un punto de vista estrictamente artístico, es una respuesta al agotamiento de las formas barrocas a mediados del siglo XVIII, y será adoptado como el estilo oficial de la época de la Ilustración, conviviendo también con los sucesos de la Francia revolucionaria de finales del citado siglo.

En este sentido, la obra que hoy proponemos tiene tal importancia que a veces ha primado su valor como documento histórico por encima de sus cualidades artísticas, tanto a nivel técnico como compositivo. Evidentemente, no podemos obviar el tema, ni en ésta ni en ninguna otra pintura, pero también tenemos que atender a otras consideraciones que a menudo han quedado en un segundo plano, a pesar de su importancia.

Esta famosa pintura está fechada en 1793, año en el que gobernaba la Convención Jacobina en Francia. Era la época de El Terror, de Robespierre, y el cuadro nos narra un hecho sucedido en 1792, cuando Carlota Corday, simpatizante de la facción girondina (más moderada desde un punto de vista político), asesinó a Jean-Paul Marat en su propio domicilio. Nuestro personaje no militaba activamente en política, pero se posicionó claramente al lado de los jacobinos a través de los escritos que publicaba el periódico radical L'ami du peuple. Era por tanto un personaje mediático, que la oposición quería aniquilar. Este suceso lo convirtió en un héroe de la Revolución, y es por ello que se encargó una pintura en la que se representara el fallecimiento, que tuvo lugar, como vemos, en la bañera de su casa, mientras escribía y se tomaba uno de los muchos baños terapeúticos que realizaba para mitigar los síntomas de una enfermedad que atacaba su piel. El elegido para realizar este homenaje fue David, ya conocido por sus revisiones de los mitos clásicos a través de obras como El juramento de los horacios. A partir de este momento se convertirá en un artista íntimamente ligado a los sucesos revolucionarios, como bien muestran algunos retratos realizados a Napoleón, destacando la grandilocuente Coronación.

Para esta obra en concreto, David asume una sencillez estilística muy en la línea del primer Neoclasicismo, pero aportando nuevos elementos, entre los que debemos destacar, por un lado, ciertas influencias de un claroscuro propio de Caravaggio, artista admirado por David. Pero más llamativa incluso es la propia composición que elige para esta representación, al situar la escena principal en la parte baja del lienzo, mientras que la parte alta queda reservada a un fondo neutro más propio de la tradición barroca que de cualquier otra, y que ocupa la mayor parte del cuadro. Esta composición, insólita en la pintura tradicional del momento, aumenta sin lugar a dudas el dramatismo del acontecimiento que se pretende conmemorar, al mismo tiempo que lo eleva a categoría de divinidad, a lo que ayuda también la postura del personaje, que deja caer plácidamente su brazo derecho como si de una imagen de Cristo muerto se tratara. El autor nos da a entendfer que Marat murió por la Revolución, ya que éste aparece realizando su labor como escritor y periodista. La capacidad para que el espectador quede inmediatamente inmovilizado por esta visión directa, certera y llena de fuerza explica la popularidad que ha acompañado a esta pintura desde el mismo momento en que fue realizada.

viernes, 4 de julio de 2008

El amor despertando al alma




Se le suele achacar al Neoclasicismo cierta frialdad en las formas y en los temas. Quizás habría que revisar algunas obras para evitar hacer tan gratuitamente esta aseveración. Cierto es que el Neoclasicismo, que se desarrolla entre el Barroco y el Romanticismo, supone una vuelta al orden heredado de la Antigüedad grecolatina y luego revisado durante el Renacimiento. Cierto es también que hay una deliberada contención estética y formal. Pero ello no significa que desaparezca el sentimiento, ni que asistamos, ni mucho menos, a un mero catálogo de copias clásicas.

Sirva como muestra la figura del escultor italiano Antonio Canova (1757-1822). En efecto, este artista, como corresponde a su tiempo, recurrió a la recuperación de las formas clásicas. Ello lo podemos observar en los temas tratados, entre los cuales, los mitológicos son especialmente frecuentes. Ello no quita para que, como hicieran algunos contemporáneos de especial importancia (Thorwaldsen, Dannecker), no indagara en otros temas, como son los retratos y, muy especialmente, los monumento funerarios. Asimismo, Canova acepta ese acercamiento al concepto clásico de Belleza mediante una pausada representación anatómica de desnudos masculinos y femeninos, que no hacen sino poner en práctica los planteamientos estéticos del Neoclasicismo y la vuelta a la Razón.

Pero como decimos, esa vuelta a la Razón no significa una renuncia tajante al sentimiento. Mucho menos en Canova. Su famosa escultura de Eros y Psiquis puede servirnos como ejemplo. Temáticamente, este conjunto escultórico está basado en un mito que, si bien no aparece narrado en la literatura griega, si aparece luego desarrollado en la romana. Además, se conservan representaciones artísticas de la época en algunas pinturas de la ciudad de Pompeya, y posteriormente durante el Renacimiento se recurrió al mismo tema en alguna que otra ocasión. Canova se decidió a materializar este tema en el año 1793. El conjunto, realizado en mármol blanco, quizás por la falsa creencia de que las esculturas antiguas no estaban policromadas, representa el momento en el que Eros (el amor) despierta a Psiquis (el alma) de su sueño, mediante un abrazo sumamente sensual que posibilita un acercamiento entre los personajes, que parecen entregarse al erotismo. El propio tema, que pone sobre la mesa la conjunción entre los contrarios, entre lo apolíneo y lo dionisíaco, entre la razón y el sentimiento, es de por sí atrayente y sugerente. Técnicamente, además, alcanza cotas altísimas de perfeccionamiento. Además, el autor crea una composición cuidadosamente estudiada cuyo resultado es de una belleza incontestable. Así, las cabezas de los personajes crean un claro centro de interés, no sólo porque representan el instante previo a la definitiva unión entre el amor y el alma, sino porque tanto las alas y las piernas de la figura de Eros, como los brazos y el propio cuerpo de Psiquis, crean una especie de aspa de gran impacto que además potencian que nuestra atención se dirija precisamente hacia aquello que verdaderamente interesa de la obra: El beso.

Puede que junto con Miguel Ángel, Bernini y Rodin, estemos hablando de uno de los artífices que mejor han trabajado el mármol.

En este enlace puedes leer un resumen del mito mientras vas resolviendo un rompecabezas.

sábado, 3 de mayo de 2008

Goya ante la guerra




Si hay un pintor unido a los sucesos de la Guerra de la Independencia española, ése es Francisco de Goya (1746-1828). No hace falta más que abrir cualquier periódico, escuchar la radio o ver la televisión, para darse cuenta de la importancia que están teniendo los acontecimientos de los que ahora se cumplen doscientos años, y que tienen en Goya a su más insigne ilustrador. Para ello, el Museo del Prado está celebrando una exposición que lleva por título "Goya en tiempos de guerra" que podrá visitarse hasta el próximo 13 de julio. Y es que además, el Prado no se entiende sin Goya.

¿Y quién es Goya? Aquí podríamos pararnos ahora y escribir líneas y más líneas. Hablar de su modernidad no es nada nuevo. Ha sido motivo constante de inspiración para los artistas que vinieron detrás de él. Ante figuras como la suya, cualquier comentario puede ser demasiado banal, demasiado prosaico. Goya son palabras mayores. Tanto es así que podréis comprobar que el autor de este blog no puede disimular su pasión por él y por su concepción pictórica, tanto desde una perspectiva técnica como temática.

Hoy es 3 de mayo. Y hace doscientos años, ocurría lo que este fantástico lienzo quiere explicarnos: Pocas horas después de la sublevación del pueblo madrileño a causa de la invasión napoleónica, un buen número de ciudadanos que habían sido presos, son ejecutados en la montaña de Piríncipe Pío. Al fondo, la ciudad. Oscura, tenebrosa. Ante el espectador, un conjunto de ciudadanos asume su próxima muerte. El tratamiento psicológico es espectacular y devastador. Iluminados por un farol situado en el suelo, el blanco de la camisa del personaje que alza los brazos dirige nuestras miradas hacia al grupo de los que van a morir. Allí se suceden distintas expresiones de dolor, desde el que asume la muerte con valentía hasta el que se tapa los ojos con resignación. En el suelo yacen ya algunos hombres sobre un dramático reguero de sangre. Sólo después de ver el grupo de los que van a ser fusilados repara el espectador en los ejecutores, a pesar de que estén más próximos a él. Aparecen de espaldas. Son seres anónimos, sin rostro, sin expresión. A Goya no le interesa dejar constancia de quiénes son. Parece que sólo pretende reflejar el dolor. A pesar de que genéricamente se trate de una pintura de historia, su autor fue más allá, y dejó para la posteridad una demoledora crítica de la condición humana. Una obra universal.

Si además reparamos en otras obras del autor, nos daremos cuenta de que el asunto de la guerra es abordado con tristeza y dolor en muchas ocasiones. La serie de grabados de "Los desastres de la guerra" suponen un buen ejemplo de lo que decimos. Allí se dan cita las atrocidades más monstruosas. El autor no parece escatimar nada en dejar muestra de las atrocidades más monstruosas. Precisamente, uno de los grabados de esta fantástica serie nos lleva nuevamente a la obra del 3 de mayo. Nos referimos al que lleva por título Con razón o sin ella.

Como siempre pasa con los grandes maestros, esta obra ha sido revisitada en numerosas ocasiones con posterioridad. Es el caso de Edouard Manet, que fascinado por todo lo que vio en el Museo del Prado durante su estancia en España, realizó La ejecución de Maximiliano. O Pablo Picasso, que también encontró motivos de inspiración para La masacre de Corea. En definitiva, distintos episodios bélicos, y la misma idea. La confirmación más clara de que Goya no hizo una obra histórica, sino universal.







miércoles, 2 de abril de 2008

Un perro de Goya





Uno de los artistas españoles que más han trascendencia e influencia han ejercido en la Historia del Arte es Francisco de Goya (1746-1828). Supo ser el mejor de su época, y lo que es más importante, superarla, para realizar un arte libre e independiente, especialmente en sus últimos años. Una vez que hubo realizado retratos para la monarquía borbónica y para las más importantes casas nobiliarias, el final de su producción artística resulta espectacularmente insólito. Aquejado de una sordera que cada vez le desesperaba más, inmerso en un estado anímico al borde de la depresión y de la locura, realizó una serie de obras entre las que, por su influencia posterior, destaca la serie de las llamadas "Pinturas Negras" que realizó entre 1820 y 1823 para la casa que adquirió junto a la orilla del Manzanares. La interpretación de estas inquietantes imágenes es tan amplia como variopinta. Una de las obras más destacadas es este "Perro semihundido en la arena". Por su concepción temática, anuncia movimientos de vanguardia del siglo XX con un siglo de anticipación. El hecho de plasmar de manera tan trágica un estado de ánimo nos habla del Expresionismo. La visión onírica del perro que intenta sin éxito salir al exterior no pasó desapercibida para los surrealistas. Por último, la composición, basada en dos planos en tonos ocres cortados diagonalmente, rozan la abstracción, siendo la cabeza del perro el único elemento figurativo que nos pone en contacto con la naturaleza.

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