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domingo, 22 de noviembre de 2009

La Iglesia de Santa Catalina de Sevilla. Comienzo de una restauración


Hace poco más de una semana se iniciaban por fin las obras de restauración de la Parroquia de Santa Catalina de Sevilla, tras haber sido cerrada al culto hace ya casi cinco años, sin que se realizara desde entonces ninguna intervención, salvo la de colocar una techumbre metálica para preservar el templo de las inclemencias metereológicas, como podéis ver en la fotografía. Cinco años en los que el edificio ha vivido una decadencia y un estado total de abandono, a lo que se ha unido el efecto de la contaminación atmosférica derivada del hecho de encontrarse en una de las principales vías de acceso al casco antiguo de la ciudad para el tráfico rodado. Cinco años de desidia, de manifestaciones populares por parte de la ciudadanía que reclamaba para este edificio la misma atención que para otros grandes templos mostraron las autoridades políticas y eclesiásticas. Parece que, de una vez, las obras dan comienzo, y ello nos alegra, puesto que la Iglesia de Santa Catalina, más allá de ser un símbolo arquitectónico de la Sevilla más ancestral, supone un elemento que goza, a nivel patrimonial, de la máxima protección. Recordemos que tras salvarse de varios intentos de destrucción durante el siglo XIX, fue decarada Monumento de Nacional en 1912. También pudo librarse de las obras acometidas a principios del siglo XX en el entorno, para abrir unos ensanches que mejoraran las comunicaciones en el centro de Sevilla, cuyo caserío era mucho más abigarrado y laberíntico de lo que es en la actualidad. Esta iglesia pudo salvarse, como vemos, de las modas arquitectónicas y urbanísticas a través de los siglos. E incluso fue protegida y restaurada en el siglo XX, como dijimos antes. A este respecto, cabe decir que su actual portada proviene de la Iglesia de Santa Lucía, templo mudéjar de la zona norte de la ciudad que se encontraba sin culto. Dicha portada fue colocada en 1930 en la fachada de la Iglesia de Santa Catalina en unas obras de restauración en las que intervino Juan Talavera Heredia, uno de los arquitectos más relevantes de la época.

Sede de la Hermandad de la Exaltación, este edificio es uno de los ejemplos más sobresalientes de la arquitectura mudéjar sevillana. Así nos lo dice la propia concepción espacial, la torre, algunas capillas interiores decoradas con motivos de lacería y, especialmente, los pequeños absidiolos con arcos polilobulados que pueden verse desde el exterior. Sus primeras fases constructivas suelen situarse a mediados del siglo XIV, precisamente la misma fecha que suele asignarse a las innumerables parroquias mudéjares que salpican el centro de la ciudad, y que fueron levantadas por expreso deseo de la monarquía castellana, que quería eliminar a toda costa cualquier vestigio de la religión musulmana a través de estas fundaciones religiosas. No obstante, todas ellas beben, como sabemos, de la estética islámica, dando como resultado un arte de síntesis de incalculable valor antropológico y que es seña de identidad del arte español medieval. Nos referimos al Mudéjar.

Sin embargo, seríamos tremendamente injustos si al hablar de esta obra nos circunscribiéramos únicamente al Mudéjar, ya que las obras acometidas a finales del siglo XVII en el edificio son las que lo configuraron definitivamente y las que le dieron el aspecto que hoy presenta. En este sentido, es especialmente destacable la Capilla Sacramental, una de las obras cumbres del Barroco sevillano, y en donde estuvo trabajando el más conocido de los arquitectos del momento, Leonardo de Figueroa, también presente en la gran trilogía del Barroco hispalense (Salvador, Magdalena y San Luis).

En definitiva, nos encontramos ante un edificio de incalculable valor artístico e histórico, y es por ello que nos alegramos de que por fin haya llegado su hora. Esperemos que no tardemos demasiado tiempo en recuperar esta joya arquitectónica, y que la intervención sea respetuosa y de calidad.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Comentamos una obra arquitectónica: Iglesia de San Marcos de Sevilla



Una vez empezado el curso escolar, este blog va a continuar con su labor divulgadora, pero además será un instrumento para los alumnos de Historia del Arte de 2º de Bachillerato del IES "Federico Mayor Zaragoza" de Sevilla, así como para todos aquellos que igualmente se animen a utilizarlo como herramienta de trabajo.

Hoy vamos a recordar cómo debe comentarse una obra arquitectónica. Vamos a poner un ejemplo cercano, conocido, como es la Iglesia de San Marcos de Sevilla. Cabe decir que el comentario debe ser lo suficientemente flexible, pero es muy útil que nos acostumbremos cuanto antes al esquema básico de comentario de imágenes artísticas, para, una vez dominada la cuestión, poder ir comentándolas de forma más libre y personal, sin que ello signifique renunciar al carácter científico que siempre debe tener:

Nos encontramos ante una obra arquitectónica cuya función es claramente religiosa, tratándose de una iglesia parroquial del casco antiguo de la ciudad de Sevilla. La obra ha sido concebida casi en su totalidad a base de materiales de escasa prestancia, destacando el ladrillo, con el que sus constructores ejecutaron una obra de calidad notable. Así, sólo encontramos la presencia de la piedra en las partes nobles del edificio, como es el caso de la portada de acceso que podemos ver a los pies, una nota característica que se repite de forma similar en otras parroquias sevillanas de la misma época. Precisamente, es en la portada donde observamos un mayor desarrollo decorativo. Está remarcada no sólo por el distinto material utilizado, sino también por el hecho de sobresalir del resto de la fachada. Presenta un gran arco apuntado y abocinado con puntas de diamante en su intradós, repertorio decorativo que se repite con mayor o menor constancia en otras iglesias bajomedievales de la ciudad, y que también vemos en el trasdós del arco de mayor tamaño. A continuación, y enmarcada entre dos esculturas posteriores situadas bajo doseletes típicamente góticos, se desarrolla una galería de arcos ciegos entrecruzados de raigambre islámica. El recuerdo al arte hispanomusulmán, y más concretamente almohade, alcanza su máximo desarrollo en la torre campanario, en la que podemos ver un trasunto del famoso alminar de la antigua mezquita aljama e Sevilla, popularmente conocido como la Giralda. Así, recurre igualmente a incrementar la decoración y la apertura de vanos conforme se avanza en altura, y muestra un repertorio de arcos y motivos geométricos propios de los años de presencia musulmana en la ciudad, algo epecialmente visible en la parte superior, que presenta una visión simplificada de los paños de sebka tan característicos de las realizaciones almohades. El conjunto final de la obra, con su airosa torre como emblema, es de gran belleza plástica, a pesar de la austeridad decorativa y la ausencia de artificios estéticos.

Esta iglesia supone un ejemplo de primera categoría para poder entender el momento histórico de la Sevilla en la Baja Edad Media. Recordemos que, tras haber sido reconquistada la ciudad en 1248 por las tropas de Fernando III, la ciudad pasó a formar parte de los cristianos. Sin embargo, muchos de los musulmanes que quedaron en la ciudad siguieron desempeñando su labores y trabajos tradicionales. Y entre ellos, el de la construcción era uno de los más destacados. Así se explica el buen número de parroquias levantadas en toda la ciudad durante el siglo XIV, y el hecho de que todas ellas recurran a un repertorio estilístico a medio camino entre el Gótico, estilo cristiano que entonces triunfaba en todo el continente europeo, y el almohade propio de los últimos años de dominación musulmana en la ciudad, configurando así lo que se ha dado en llamar como Gótico-Mudéjar, y que encuentra en las iglesias de Santa Catalina, Omnium Sanctorum o Santa Marina, entre otras, bellos ejemplos de lo que decimos. En cualquier caso, este mudéjar, esta síntesis de elementos cristianos y musulmanes realizada por aquellos a los que se les permitió quedarse, tiene, como decimos, uno de los mayores logros en el edificio que nos ocupa, la Iglesia de San Marcos, originaria del siglo XIV.

viernes, 27 de junio de 2008

Arcos de la Frontera




Es muy probable que Arcos de la Frontera, en la provincia de Cádiz, sea uno de los pueblos más hermosos de España. Junto con la no muy lejana ciudad de Ronda constituye el ejemplo más acabado de urbanismo al más puro estilo andaluz. Arcos es un pueblo sorprendente, expresivo, encaramado en lo alto de una peña de perfiles imposibles rodeada por el histórico Río Guadalete. Las casas se desparraman prodigiosamente adaptándose al terreno, dominando una amplia y fértil llanura, divisándose desde allí las estribaciones de la cercana Sierra de Grazalema. Tanto la orografía como los condicionantes históricos conforman un ejemplo casi perfecto de urbanismo medieval. Recordemos que, en el caso español, y tanto para las ciudades cristianas como musulmanas, la irregularidad es una de las notas características del trazado de las calles. Esta circunstancia, que encuentra su paralelismo en los barrios de la Judería en Córdoba o del Albayzín en Granada, alcanza en Arcos nuevas posibilidades derivadas de la adaptación al terreno, deliberadamente elevado respecto a su entorno. Esta cuestión, así como la existencia del castillo en lo más alto del caserío, no es gratuita, sino que se debe igualmente al hecho de que fuera ésta una zona fronteriza, como bien nos indica su topónimo. En efecto, desde el siglo XIII, Arcos estuvo en territorio cristiano, muy cerca de los dominios musulmanes, a los que pertenecía ya la ciudad de Ronda.

A esta singular característica de tipo urbanístico e histórico debemos unir el hecho de que buena parte de las estrechas calles de esta localidad presenten arcos que unen las fachadas de ambos lados. Si a ello le sumamos el típico encalado de muchos pueblos andaluces, tenemos como resultado un pueblo modélico que, afortunadamente, es cuidado con mimo por sus habitantes, y que no es sino el punto de partida para la denominada ruta de los pueblos blancos, desde Arcos a Ronda, pasando por pueblos tan evocadores como Algodonales, Bornos, Grazalema, Olvera, Setenil, Ubrique o Zahara.

Arcos. Entre la realidad y el sueño.




sábado, 12 de abril de 2008

El mudéjar aragonés




Como sabemos, el mudéjar es la más genuina aportación española al arte medieval, en la medida en que nos encontramos ante una manifestación artística que sólo se dio en la Península Ibérica, aspecto éste derivado de las particulares condiciones políticas y sociales que se dieron en nuestra Baja Edad Media, con un poder cristiano progresivamente creciente en detrimento de un cada vez más reducido territorio musulmán, a causa del avance reconquistador.

Así, uno de los territorios que más porcentaje de población mudéjar tuvo fue Aragón. Ello explica la gran cantidad de edificios conservados en dicha región, fieles exponentes de la estética islámica en el arte cristiano, que en este caso entra de lleno en la Edad Moderna, como muestran los edificios construidos ya en el siglo XVI. La fantástica conjunción de elementos cristianos e islámicos en una misma obra ponen de manifiesto la interculturalidad que se dio en aquellos siglos de convivencia, más complejos de lo que se ha querido a veces mostrar. En cualquier caso, los ejemplares aragoneses son una buena muestra de lo que decimos. Su estado de conservación, su interés como manifiesto material de una época y de unas circunstancias históricas bastante singulares, han hecho que este interesante y amplio conjunto haya sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2001, ampliando así la anterior declaración de 1986, que tan sólo incluía a las iglesias de la ciudad de Teruel.

El mudéjar aragonés se define por la maestría con la que sus alarifes utilizaron el ladrillo como material constructivo fundamental, dotándolo de plasticidad, al dibujar los típicos entrelazos y dibujos geométricos heredados del arte islámico. La profusa decoración de los edificios, especialmente visible en las portadas y muy especialmente en los altos campanarios que jalonan el territorio aragonés, se completa en muchos casos con la utilización de la azulejería, alacanzando a veces grandes logros compositivos, especialmente llamativos y coloridos. Otro aspecto a tener en cuenta es el referido a las techumbres mudéjares en todas sus variantes, siendo el caso de la Catedral de Teruel el más destacable.

A continuación, os propongo una visita panorámica por el mudéjar aragonés. Como decimos, la Catedral de Teruel es uno de los edificios más singulares. En esta web podéis apreciar detalles sobre su fantástica techumbre.

En Teruel son también interesantes los ejemplares de San Martín y San Pedro.

En Zaragoza, los edificios más destacados son La Seo y las iglesias de San Pablo y la Magdalena. En dicha provincia, una de las localidades que más nos interesan es Calatayud, donde destaca la Colegiata de Santa María.

En el ámbito rural aragonés se conservan igualmente edificios mudéjares notables de calidad indiscutible. Valgan como ejemplo las siguientes: Montalbán, Tobed, Morata de Jiloca, Aniñón, Áteca o Tarazona. Los ejemplos son interminables.

Podéis completar toda esta información, y ampliar lo que queráis, en la fantástica web que el Gobierno de Aragón ha habilitado sobre el Mudéjar. Pusa AQUÍ.

viernes, 4 de abril de 2008

Granja de Torrehermosa


Denominamos Arte Mudéjar a todo aquel realizado por artífices musulmanes en territorio cristiano, una vez que éstos fueron reconquistados durante la Plena y Baja Edad Media. Aunque su denominación como estilo artístico no convence a todos los historiadores del arte, y el deabte historiográfico sigue aún vigente, debemos valorar su importancia, en tanto en cuanto constituye una manifestación única y genuinamente española, no dándose en el resto de Europa, exceptuando algunos ejemplos portugueses. Asimismo, debemos recordar la influencia que ejercerá la proyección atlántica que éste tenga en las Islas Canarias e Hispanoamérica.

Dependiendo de la época y del lugar en el que nos encontremos, el Mudéjar, que tiene en la arquitectura su más completa y perfecta configuración, tendrá rasgos estilísticos más cercanos al Románico, o al Gótico. Estos se verán entrelazados con motivos ornamentales propiamente islámicos, ya sea bebiendo de las formas califales, almohades o nazaríes, según los casos.

Así, en la Baja Extremadura tenemos un grupo de iglesias parroquiales construidas entre los siglos XV y XVI sumamente interesantes. Todas ellas muestran la tipología de torre-fachada, están realizadas en ladrillo y siguen los dictámenes que en la zona fijó la Orden de Santiago, encargada de vigilar una comarca que tenía una importante población de judíos y mudéjares, las dos minorías étnico-religiosas más importantes de la España bajomedieval.

Sirva como ejemplo el caso de la Iglesia Parroquial de Granja de Torrehermosa, cuyo campanario dibuja un entrecruzamiento de arcos espectacular, y constituye una de las muestras más notables del Mudéjar extremeño. La cronología de esta singular obra se sitúa entre los últimos años del siglo XV y primeros del XVI.

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