lunes, 2 de agosto de 2010

Guðjón Samúelsson.


Cuando estudiamos la evolución de los estilos artísticos en arquitectura, resulta sintomático que, en lo que a la arquitectura contemporánea se refiere, encontremos pocos ejemplos notorios dentro de la tipología religiosa. Pero eso no significa que no haya habido aportaciones de interés.

El período de entreguerras asistió al desarrollo del Expresionismo, aplicado, básicamente, a las artes plásticas (pintura y escultura). Las características del movimiento hacían poco viable un desarrollo de esos mismos presupuestos en la construcción de edificios. Sin embargo, y pese a lo que pudiera parecer, sí tenemos algunos ejemplos de arquitectura expresionista. Ejemplos quizá aislados, curiosos, caprichosos si se quiere, pero, en cualquier caso, testimonios de una época y de una sensibilidad muy concreta.

El Expresionismo fue un movimiento especialmente relevante en los países del norte de Europa. No es casualidad, por tanto, que sea en Dinamarca donde encontremos el ejemplar más destacado de arquitectura religiosa expresionista. Se trata de la Iglesia de Grundtvig, en Copenhague, construida entre 1921 y 1926 por Peeder y Kaare Klint. La fachada reproduce la estructura de un gran órgano de ladrillo que alcanza los 49 metros de altura. La finalidad del edificio queda clara al provocar en el espectador una reacción inmediata en la que priman los sentimientos sobre la razón, y la arquitectura está plenamente sometida, según vemos, a la expresividad de todos y cada uno de los elementos constructivos. Incluso la ubicación de la iglesia, con una calle marcando la perspectiva de la fachada principal, es claramente intencionada y busca esa misma respuesta en el espectador, que se verá sorprendido por la presencia de aquella gran y extraña mole de ladrillo.

Siguiendo los pasos de esta singular obra nos encontramos con la figura de otro arquitecto nórdico, como es Guðjón Samúelsson (1887-1950), de origen islandés. Él es el áutor de la portentosa iglesia que encabeza esta entrada, la Hallgrímskirkja de Reykjavik (Islandia). Comenzó a levantarse en 1948, cuatro años después de conseguir Islandia la independencia de Dinamarca. No resulta extraño, por tanto, que para levantar este edificio sirviera de inspiración la obra de un arquitecto danés, de modo que, a pesar de que se comenzara a edificar 20 años después, las conexiones resultan más o menos claras. Hay que matizar, no obstante, que este ambicioso proyecto no sería terminado en su totalidad hasta 1986. Aún así, el aspecto es bastante unitario, y todo parace indicar que se siguieron con relativa fidelidad las trazas del proyecto original de su autor, fallecido tan sólo dos años después de comenzarse los trabajos en el centro de la capital islandesa. De planta de salón y una única nave, la iglesia viene a ser una adaptación contemporánea de los templos germánicos y nórdicos de la Baja Edad Media. Una interpretación de la hallenkirchen alemana en la que sobresale una fachada sumamente original de la que su torre es absoluta e indiscutible protagonista con sus 75 metros de altitud, siendo el edificio más alto del país y una seña de identidad de la ciudad, sobre la que planea orgullosa, destacándose sobre un caserío de poca altura, y siendo visible prácticamente desde cualquier punto de Reykjavik.

Aunque más de la mitad de la población islandesa se asiente en la capital, encontramos otro núcleo urbano de relativa importancia en el norte de la isla. Nos referimos a Akureyri, ciudad en la que Samúelsson construyó su iglesia mayor, la llamada Akureyrarkirkja. Terminada en 1940, es por tanto anterior al edificio antes analizado, y en ella acusamos más influencias de la arquitectura internacional. Por ello observamos un diseño más racionalista, pero en todo caso estamos igualmente ante un edificio singular y sorprendente.
Podríamos destacar más trabajos de este interesante aunque poco conocido arquitecto, algunos de ellos dentro de la arquitectura civil, pero hemos preferido destacar sus obras religiosas, por constituir ejemplos insólitos en su época. Para terminar, citaremos la Landakotskirkja, la catedral católica de Reykjavik, Mucho más conservadora en sus planteamientos, la obra es anterior a las dos anteriormente citadas. Concretamente se trata de un templo terminado en 1929, y obedece a una estética claramente neogótica, lo cual nos hace ver la influencia medieval antes anotada, tan presente en Europa Septentrional en todas las épocas.

sábado, 24 de julio de 2010

Banksy, jugando con el entorno


Hoy vamos a hablar de un artista misterioso. Sólo sabemos su apodo. Desconocemos su nombre real, su aspecto, e incluso su año de nacimiento. Bansky es únicamente el pseudónimo utilizado por un graffitero británico cuya popularidad ha sido tal que incluso se han realizado exposiciones y retrospectivas sobre su obra. Se cree que nació en 1974, pero pese a ser un artista joven y contemporáneo, poco o nada conocemos sobre su vida. Sí sobre su obra, contestataria y rebelde, fijada en los muros de ciudades como Londres o Bristol, de donde se supone que es originario. Su actividad creativa comienza a finales de los 80 y principios de los 90 del siglo XX, época en la que el mundo del graffiti está en continua efervescencia, especialmente en los países de la órbita occidental.

Aunque en los últimos años comienza a cambiar la tendencia, es evidente que el arte urbano no ha gozado de un verdadero reconocimiento por parte de los especialistas en arte. Pero lo cierto es que artistas hoy muy cotizados fueron claros exponentes de esta manifestación cultural, muchas veces denostada por las admistraciones públicas, que veían, y aún hoy siguen viendo, lamentablemnete en muchos casos, actos de vandalismo más que expresiones de la cultura popular. Nombres como Haring (al que dedicamos una entrada en este blog), Basquiat o el artista que hoy nos trae hasta aquí son ejemplos de creadores especialmente dotados que no deberían pasar nunca desapercibidos, y pasar a las páginas de la historia del arte de nuestro tiempo. Quizás más que otros que ya están, y que pocos entienden. Al fin y al cabo, el Arte viene a ser un documento de su tiempo.

Bansky es un artista especialmente interesante, no sólo por su acertada gama cromática, no sólo por su elegente sentido de la composición. Ni siquiera por su temática, popular y social a un mismo tiempo, desenfadada y ácida a la vez. De él destacamos por encima de cualquier virtud su capacidad para interactuar con el entorno. Sus actuaciones no son invasivas, sino que logran integrarse en el muro de tal forma que parecen haber sido concebidas para estar ahí, constituyendo, en algunos casos, auténticos trampantojos, como el que vemos en la imagen de arriba, en la que una asistenta doméstica parece descubrir al espectador la verdadera naturaleza que tiene ante sus ojos.

Para entender mejor la obra de este sensacional y enigmático artista, veamos otros ejemplos:

Comenzamos con esta especie de homenaje a los primeros graffitis de la Humanidad, las pinturas rupestres del arte paleolítico. El artista nos plantea con fina ironía la posibilidad de que éstas se hubieran perdido de haber existido en aquella época organismos encargados de su eliminación, tal y como ocurre hoy día a muchos artistas callejeros.

En esta otra, un operario municipal parece haber continuado pintando la doble línea continua de prohibición de aparcar para crear, con ese doble trazo, una gigantesca flor.

Aprovechando la existencia de un macetero junto a una pared, Bansky sugiere en esta creación la sencilla historia de un gato y una niña, utilizando tan sólo el color negro.

Sirviéndose también del entorno, en esta otra imagen nos muestra la aparición de un esqueleto remando en una pequeña barcaza.

En este otro caso, se trata de un trampantojo de un cajero automático que intenta devorar a una niña, haciendo una ácida crítica al capitalismo más salvaje.

Esta curiosa instantánea nos viene a decir que incluso las fuerzas de seguridad son susceptibles de cometer algún altercado público, haciendo quizás alusión a su situación de artista no comprendido por las autoridades públicas.

Aquí, una chica salta a la comba, cuya cuerda se extiende también por el suelo.

En este otro caso, aprovecha un hueco en la pared para colocar a un pequeño rapero al que no le falta ni la radio ni la cadena de oro.

Incluso juega con obras de otros graffiteros para crear obras nuevas en als que no falta el sentido del humor y, como siempre, la ironía.

Muchos, muchos más ejemplos podríamos poner. Pero para no ponernos pesados, dejamos por aquí estos, y animamos a todos a que descubran el resto.

sábado, 8 de mayo de 2010

Urbanismo Medieval en la ciudad de Sevilla



Aunque la foto tiene casi un mes, nunca es tarde si la dicha es buena. Y es que el pasado 12 de Abril tuvo lugar una visita al centro de Sevilla con los alumnos y alumnas de la ESA (Educación Secundaria de Adultos) del IES "Federico Mayor Zaragoza" de Sevilla. Los objetivos iban enfocados fundamentalmente al reconocimiento del urbanismo medieval de la ciudad, así como de algunos de los vestigios más importantes que del pasado islámico se conservan en todo el casco antiguo.

La actividad tuvo su punto de partida a las 17:00 en la Puerta de Jerez. Desde allí, nos encaminamos a la Torre del Oro, que formó parte del recinto amurallado, consituyendo un destacable elemento defensivo en la ribera del Guadalquivir durante la época almohade. Pudimos seguir después la trayectoria del muro que enlazaba con el recinto del Alcázar, pasando por la Torre de la Plata y la Torre de Abdelazis. Una vez en el Patio de Banderas, que podéis ver en imagen, tuvimos la oportunidad de realizar un laberíntico paseo por las calles de los barrios de Santa Cruz y la Judería. Ambos nos ofrecen testimonios certeros del urbanismo medieval, y más específicamente islámico, visible por el entramado irregular, las calles estrechas y la presencia de adarves o calles sin salida, que explican el carácter privado que para los musulmanes tenía la vivienda, normalmente con pocas aberturas al exterior. Volvimos a la zona monumental a través del también interesante barrio de la Alfalfa, para ver los restos que de la antigua mezquita almohade conserva la Catedral de Sevilla. Estos son visibles no sólo en el imponente alminar de finales del siglo XII que le sirve de campanario (añadido por Hernán Ruiz en 1568) sino también el llamado patio de los naranjos, primitivo sahn (patio para abluciones) de la mezquita. Desde allí nos fuimos a la Iglesia del Salvador, para poner en práctica la misma teoría, pero en este caso a través de lo que fue la más antigua Mezquita de Ibn Adabbas, que conserva igualmente restos en el patio, así como en el primer cuerpo del alminar. En uno y otro caso observamos cómo las distintas civilizaciones van superponiéndose en los recintos sagrados para dejar buena muestra de su poder, en este caso a través del elemento religioso.

El día se comportó con nosotros y pasamos un rato ameno a la par que relajado. Como colofón a tan cultural tarde, nos tomamos un par de cervezas en la Plaza del Salvador, que tan bien recibe siempre a propios y extraños en sus dos fantásticas bodeguitas.

En la imagen, un momento de nuestro recorrido: La Giralda desde el Patio de Banderas. De izquierda a derecha: Emilio, Rafa, Marcos, José Manuel, Rocío, Gonzalo y Mercedes.

viernes, 30 de abril de 2010

Delvaux sueña en silencio

El mundo de los sueños, que tanto interpretó el Surrealismo a nivel pictórico, escultórico, literario e incluso cinematográfico a partir de la década de los años 20 del pasado siglo, tuvo en su época un digno y curioso representante en Paul Delvaux (1897-1994). De nacionalidad belga, y aunque comenzó siendo un pintor de tendencia expresionista, pronto se sintió influenciado por su compatriota René Magritte, autor adscrito al Surrealismo desde sus comienzos, allá por 1926. Magritte, que juega en no pocas ocasiones con el juego de las apariencias y los equívocos, fue un punto de referencia para que Delvaux creara obras como Mujer ante el espejo o La Aurora, por citar sólo unos ejemplos. Si nos fijamos, el tratamiento del cuerpo desnudo, especialmente el femenino, es una de las constantes temáticas repetidas con insistencia a lo largo de su evolución creativa. Observamos cómo las mujeres pueblan unos paisajes oníricos, nocturnos la mayor parte de las veces (enfatizando así la idea del sueño), y en todos ellos parece percibirse la presencia de algo tan etéreo como el silencio.

En efecto, los personajes de Delvaux no parecen hablar, sino deambular por un paisaje normalmente desolado y hostil en el que las estaciones de ferrocoarril, por un lado, y los edificios clásicos, por otros, parecen servir de marco a las silenciosas escenas. Es quizás en esta extraña capacidad para reproducir los silencios donde reside parte del encanto de este pintor, cualidad esta que comparte con el pintor italiano Giorgio de Chirico, en el que el recuerdo a la arquitectura grecolatina es también una constante.

Consideramos que la producción artística de Delvaux es sumamente interesante, y que el hecho de que quede eclipsado por otras figuras del Surrealismo como Dalí, Miró, Magritte o Ernst no debe ser un obstáculo para seguir profundizando en su mundo, en su fantástico e intangible mundo.

Galería de imágenes de Paul Delvaux

Web del Museo Paul Delvaux



martes, 13 de abril de 2010

El sueño de Marc



Franz Marc (1880-1916) es uno de los pintores más destacados del Expresionismo. Movimiento artístico y cultural de gran vigencia durante el llamado período de Entreguerras, tuvo especial importancia en los países del norte de Europa. El caso más significativo fue el de Alemania, donde se fraguaron dos de los movimientos más conocidos del Expresionismo, como son Die brück (El Puente) y Der blaue reiter (El Jinete Azul). Este último fue fundado en Múnich en el año 1911 por Wassily Kandinsky y Fran Marc, formando parte del mismo pintores como August Macke, Paul Klee o Gabriele Munter, entre otros. Las diferencias existentes entre los pintores de El Puente y los de El Jinete Azul estriba principalmente en un tratamiento más dramático de los personajes y las temáticas en el primer caso, lo que se traduce también en una pincelada más vigorosa, más gruesa, más matérica. Por contra, los pintores de El Jinete Azul nos muestran una cara algo más amable, en la que el color cobra más protagonismo, entre otras cosas porque muchos de sus integrantes sentían cierta atracción por movimientos artísticos coétaneos, más experimentales desde un punto de vista más formal que temático, como son el Cubismo y el Fauvismo.

Estas dos influencias, Fauvismo y Cubismo, se integran de forma magistral en uno de los pintores más amables del grupo expresionista, como es Franz Marc. En sus cuadros predominan los colores primarios, saturados, llenos de fuerza, que nos transmiten vitalidad y un sentimiento de admiración por la naturaleza. Así, la temática se centra especialmente en paisajes de bosques y selvas en los que habitan caballos, zorros, tigres o vacas. Resulta muy curioso, y también muy característico del autor, el hecho de que se haya utilizado el color de una forma totalmente arbitraria, algo que nos remite directamente al Fauvismo, ya avanzado, en cierto modo, por Paul Gauguin, del que estuvimos hablando en la anterior entrada.

La conjunción de todos estos elementos dan como resultado unas obras vitalistas, llenas de vida, que en cierto modo constituyen un soplo de optimismo, al menos si establecemos una comparación con otros pintores expresionistas de su misma época.

En la imagen: El sueño, 1912, Museo Thyssen-Bornemisza (Madrid)

domingo, 28 de febrero de 2010

Un pintor en Tahití


Paul Gauguin (1848-1903) fue uno de los pintores más atrevidos de finales del siglo XIX, y ocupa un lugar destacado en la Historia del Arte no sólo por su producción artística, sino también por la influencia que ésta ejerció sobre movimientos artísticos posteriores. Él es uno de los llamados postimpresionistas. Un creador que, partiendo del Impresionismo, logró crear un estilo propio, un sello inconfundible, hasta conformar algo totalmente novedoso y alejado de todo lo que el resto de los artistas de su tiempo realizaban.

Gauguin era sin duda un personaje peculiar. Cansado de su trabajo en la banca y del ruido de la gran ciudad, huirá de París en diferentes ocasiones hasta que por fin se dedique en cuerpo y alma a la tarea de pintar. Fruto de esas escapadas tenemos los cuadros de temática simbolista y religiosa realizados en Bretaña, como El cristo amarillo y La visión después del sermón. Vinculado por siempre a Vincent van Gogh, en cuya casa de Arles pasó una temporada y de la que quedan muestras tan emocionantes como el Retrato de Van Gogh pintando girasoles, Gauguin se especializó en dotar a sus obras de un extraordinario colorido, donde los amarillos y los rojos brillan saturados, potentes. No le importó lo más mínimo ir alejándose de la reproducción mimética de la realidad, y así se explica que entre sus imágenes veamos árboles rojos, ríos verdes, caballos azules o cristos amarillos. Esta utilización arbitraria del color no pasó desapercibida después de su muerte, y fue retomada por diversos artistas, entre los que destacan especialmente los Fauvistas.

Su obra no hubiera sido la misma, sin embrago, si no se hubiera acercado con la sinceridad de un niño a culturas exóticas de los confines del mundo. Logró alejarse del mundanal ruido, que tan poco le gustaba, cuando fijó su residencia en Tahití (Polinesia). Se introdujo de lleno en la cultura de los pobladores indígenas de la isla, llegando a titular los cuadros en la lengua autóctona de los personajes retratados. Este conjunto de obras pintadas en Tahití resulta insólito y lleno de calidad. Nos muestra a un Gauguin completamente original, lleno de luz, de color, y en cada cuadro, en cada imagen, hay un símbolo que leer. Puesto que no se trataba únicamente de dejar constancia de lo que se veía. Había nacido el Arte Contemporáneo.

En la imagen: Arearea



domingo, 14 de febrero de 2010

Seurat es un puntazo



Conforme avanzó el Impresionismo, hubo algunos pintores que, partiendo de dicho estilo, crearon nuevas visiones, más personales, tanto a nivel técnico como temático. Cabe destacar especialmente los logros del Puntillismo, representado fundamentalemnte por Paul Signac y Georges Seurat (1859-1891). Nos econtramos ante la versión más científica del Impresionismo, en donde la captación de los efectos lumínicos sobre los colores alcanza unas cotas de sofisticación nunca antes vistas, y en la que tiene mucha culpa la teoría de los colores, que será aplicada por los pintores puntillistas de una manera rigurosa y matemática.

Como decimos, Signac y Seurat serán los más importantes representantes del Puntillismo (también llamado Divisionismo). Ambos compondrán sus cuadros a través de pequeños y casi imperceptibles puntos de colores puros, que son minuciosamente situados en el lienzo teniendo en cuenta las teorías de Chevreul, de forma que el espectador, al alejarse del cuadro, perciba cómo dichos puntos de color se funden en la retina para crear los efectos buscados. Sin duda alguna, el procedimiento era sumamente artesanal y requería de muchas horas de trabajo. Así se explica el escaso número de obras que conservamos de Seurat. A esto debemos añadir que se especializó en obras de gran formato, y que murió con tan sólo 32 años.

Actualmente, algunas obras de Seurat son muy conocidas por el gran público. A la cabeza situamos Tarde en la Grand Jatte y Baño en Asnières. Si nos fijamos en estas obras, veremos cómo la espontaneidad que transmiten las obras impresionistas da paso a unas escenas de figuras monumentales, casi estáticas, que parecen haber sido colocadas en un paisaje bañado por la luz del mediodía. Se trata sin duda de otra visión, también interesante, que experimentará cierta evolución, tal y como vemos en El circo, que podéis ver más arriba, y en la que parece apreciarse cierto movimiento, a pesar de que las posturas resulten forzadas y artificiosas. Es evidente que los objetivos de Seurat no eran los mismos que los de Monet, Degas o Renoir, y de ahí lo diferente de sus resultados. Pero eso no significa que estemos ante un pintor de menor categoría. Antes al contrario, destacamos de él su moderna concepción del color aplicada a la pintura, y lo valoramos por haber abanderado un movimiento tan interesante como fugaz.

Está claro que Seurat es todo un puntazo.

viernes, 12 de febrero de 2010

Berthe Morisot


Como bien sabemos, el número de nombres de mujeres artistas que conocemos es muy reducido si lo comparamos con el de hombres. Eso no significa que no las hubiera. A pesar de que en el Impresionismo siempre suenan con fuerza Monet, Degas, Sisley o Renoir, también hubo unas aportaciones femeninas sumamente interesantes, que dieron al estilo nuevos matices, no exentos de una sensibilidad y un enfoque ciertamente diferente al masculino.

Así, pintoras como Eva Gonzalès, Marie Bracquemond o Mary Cassatt brillan por méritos propios. Y entre ellas sobresale especialmente Berthe Morisot (1841-1895), privilegiada creadora que aplicó las novedades impresionistas no sólo a los paisajes al aire libre tan típicos del movimiento (en los que ella introduce, a veces, juegos infantiles), sino también a la representación de interiores, en los que despliega toda su exquisita sensibilidad, posicionándose como la más capacitada de entre todo este grupo en la captación de las escenas cotidianas, intrascendentes, que suceden en las habitaciones de una casa.

En sus pinturas de interiores domésticos, Morisot nos suele mostrar a personajes femeninos realizando diversas tareas. Es evidente que el enfoque de estas escenas es sustancialmente distinto a la visión ofrecida por autores como Degas o Renoir, más interesados en la captación del desnudo femenino. Nuestra autora, sin embargo, aboga por unas mujeres pensantes, reflexivas, tanto si están leyendo como si se están cambiando de ropa. La sensación que la visión de este tipo de cuadros produce en el espectador es de sosiego y tranquilidad, algo a lo que ayuda una habitual luz clara que suele inundar las estancias, provocada por alguna ventana abierta (que a veces no vemos, pero intuimos), lo que le sirve a la pintora para mostrar la captación del momento inmediato típicamente impresionista, a la vez que nos habla de su virtuosismo técnico a la hora de manejar la gama del blanco y otros colores pastel.

El resultado final es de gran encanto y pone a la pintora, como decimos, a igual altura que a sus contemporáneos.

En la imagen, El espejo, en el Museo Thyssen-Bornemisza

Si pulsas aquí podrás ver una galería con algunas de las obras más representativas de Morisot.

También puedes leer esta entrada en el blog Nuevos Papeles, dedicado a la coeducación.


miércoles, 10 de febrero de 2010

El almuerzo de los remeros



Pierre-Auguste Renoir (1841-1919) es uno de los pintores que conformó el grupo de los Impresionistas. Como todos ellos, tuvo en los contrastes lumínicos una de sus características más acusadas. Ello lo podemos ver en obras tan conocidas como el Baile en el Moulin de la Galette, en donde apreciamos cómo la luz se filtra a través de los árboles para crear los deseados efectos de luz sobre los numerosos personajes que componen la escena, que nos habla de los divertimentos ociosos de la burguesía parisina del último tercio del siglo XIX. En su producción destaca la luminosidad con la que se acerca a la representación del cuerpo humano, especialmente el femenino, que será abordado con regularidad hasta el final de sus días.

A pesar de su inicial militancia en el Impresionismo, cuando las propuestas del estilo comiencen a agotarse y sus integrantes se dispersen, Renoir tomará un camino en el que, más que evolucionar en la depuración de las formas y los contornos de las figuras, optará por una vuelta al clasicismo, de forma que retomará el dibujo, que tan en segundo plano había quedado en algunas de sus obras. En este cambio ejerció una notable influencia un viaje a Italia, que le hizo descubrir la magia del Renacimiento. Este cambio de rumbo lo podemos ver en Los paraguas, fechado en 1885, pero incluso antes podemos apreciar esa paulatina vuelta a los presupuestos más clásicos. Un ejemplo puede ser El almuerzo de los remeros, una de sus obras más populares, en la que parecen fundirse Impresionismo y Clasicismo a partes iguales. Temáticamente, Renoir recurre aquí nuevamente a los momentos de relax de la sociedad de su tiempo, y nos muestra una escena cotidiana y llena de encanto que además supone un estudio psicológico de cada uno de los personajes retratados, que interactúan entre ellos en torno a una mesa repleta de manjares y bebidas.

Os dejo por aquí un fragmento de una hermosa película, "Amèlie", en donde podemos ver un curioso análisis de esta obra, a través de un anciano que lleva años reproduciéndola. Es consciente que cada vez que la pinta, las expresiones de los personajes varían, pero se siente incapaz de explicar qué es lo que siente la niña que, al fondo, eleva su vaso hacia la boca. ´Dicha secuencia la podéis ver nada más pulsar el "play"



martes, 9 de febrero de 2010

Folies-Bergère



Algunos estudiosos no consideran que Edouard Manet (1832-1883) sea un pintor impresionista, sino que más bien sirve de enlace entre el Realismo representado ejemplarmente por Gustave Courbet y el Impresionismo que tan bien nos muestra Claude Monet. Dado que a veces las eiquetas no hacen sino entorpecer el verdadero análisis de la obra artística e incluso limitan el conocimiento y el acercamiento que como espectadores tenemos que tener a ellas, nos centraremos en hablar de este pintor como un fiel exponente del arte de su tiempo, a nivel técnico, compositivo y temático.

Manet es un pintor excepcional. Pese a aparecer vinculado al Impresionismo, que como tal constituye la primera de las vanguardias artísticas que desde finales del siglo XIX azoten el hasta entonces acomodaticio panorama artístico europeo, nos encontramos ante un artista profundamente enamorado de la pintura de los garndes maestros del Renacimiento y especialmente del Barroco. Esto no es nada nuevo, y habría que recordar que los grandes pintores del arte contemporáneo se han acercado a los maestros para aprender de ellos, y desde ahí, evolucionar hacia nuevas ideas. En este caso, tendríamos que hacer mención a las viajes realizados a Holanda, Italia o España para conocer a los clásicos en sus museos. Fruto de estas visitas son obras como El niño con la espada, El torero muerto , Lola de Valencia o El pífano, en las que denota una acusada influencia del barroco español.

Tanto las obras antes citadas como otras tan famosas como Olimpia o El almuerzo sobre la hierba son anteriores al nacimiento oficial del Impresionismo en el año 1872. Pero ya va dando muestras de un creciente interés por intentar captar lo esencial y lo espontáneo, claves en la consolidación de dicho estilo. Así, cuando Manet, Renoir, Degas o Sisley salgan a pintar a los alrededores de la ciudad de París para captar la impresión causada por la incidencia de los fenómenos atmosféricos en la naturaleza, Manet hará tmabién lo propio, y así podemos verlo en sus visiones sobre Argenteuil.

Sin embargo, un recorrido por su producción nos hará recapacitar sobre cuáles son los temas más queridos por el pintor, y nos daremos cuenta que se mueve más cómodo cuando retrata la sociedad de su tiempo. Esto es algo de lo que tampoco escapan algunos de sus contemporáneos. De hecho, Degas o Renoir tienen obras de temática social. Manet ya había apuntado maneras en la década de los '60 al atraverse a retratar a prostitutas bien conocidas del París más bohemio. En cierto modo, adelanta uno de los temas que más cautivará al gran Toulousse-Lautrec. He querido ilustrar esta entrada con una de las últimas obras realizadas por Manet. El bar de Folies-Bergére es quizás una de sus mejores obras, por la emoción que transmite, por la exquisita composición y por el sugerente tratamiento cromático. Terminado en 1882, este lienzo es toda una radiografía social del ambiente nocturno de la bohemia parisina. Ante el espectador se sitúa una joven camarera apoyada sobre una mesa. El espejo que se dispone tras ella sirve para dar profundidad a la escena y para dar las claves ambientales del momento que pretende captarse, pero además facilita que nos adentremos en la situación. A pesar de que la escena está espléndidamente reflejada, y en ella podemos apreciar incluso hasta el humo del tabaco, lo verdaderamente interesante de esta sensacional pintura es el contraste existente entre la relajación de los clientes del bar y la expresión ensimismada de la protagonista, que dirige su mirada hacia el infinito mientras un cliente tocado con sombrero (esto lo vemos a través del espejo) parece pedirle una bebida. Lo que Manet intenta sugerirnos es que nos centremos en la camarera, que tratemos de comprender el porqué de su soledad, la razón de su melancolía. Es tan grande, tan inolvidable esta pintura, que con tan sólo un poco de imaginación trataremos de responder la razón de esas preguntas.

Para terminar, os propongo este bonito vídeo en que se aprecian interesantes primeros planos de algunos de los personajes de Manet:


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