miércoles, 11 de febrero de 2009

El Monasterio de Santa María La Real de Aguilar de Campoo


Dado el extraordinario poder alcanzado por la Iglesia durante la Edad Media, la mayor parte de las manifestaciones artísticas estuvieron patrocinadas por esta institución. Ya sea en los grandes templos de peregrinación, de los cuales la Catedral de Santiago de Compostela es referencia obligada, ya sea en las pequeñas iglesias rurales que jalonan el territorio europeo, como vimos en la última entrada, los siglos del Románico están marcados por la presencia de una Iglesia todopoderosa y de un Cristianismo imparable a lo largo de todo el Occidente europeo.
Sin embargo, no podemos ceñirnos únicamente, dentro de la arquitectura románica, a las iglesias, sean o no de peregrinación. En este sentido, conviene resaltar la importancia de una tipología que alcanzó gran importancia durante estos años. Nos referimos a los monasterios, construcciones que además recogen en buena medida la evolución del estilo. Así, los primeros monasterios estuvieron bajo la influencia de Cluny y del progresivo enriquecimiento tanto meramente constructivo como también decorativo, como bien muestra el Monasterio de Santo Domingo de Silos, con su claustro a la cabeza. Con el paso de los años se observan sin embargo no pocos cambios en lo que a concepción formal del monasterio se refiere. Así, aparecen los monasterios cistercienses, que vinieron a significar una respuesta sobria y austera a la complejidad alcanzada por las obras preexistentes. En cierta medida, además, estos monasterios cistercienses, suponen un punto de inflexión a la vez que un nexo de unión entre el Románico y los primeros signos del estilo que le suceda en todo el ámbito europeo: El Gótico.
Sea como fuere, tantos los monasterios cluniaceneses como los cistercienses responden a una misma idea, aunque desde planteamientos opuestos. Ambos nos hablan de un concepto de "Ciudad de Dios", de tal forma que vienen a ser una representación simbólica del cielo en la tierra. Suelen ser complejos autosuficientes en los que las distintas dependencias se van superponiendo en función de las necesidades de la congregación. Además de la iglesia, es necesario destacar la presencia del claustro, que además de servir de lugar para la meditación y la reflexión de los monjes, organiza buena parte de las dependencias monacales, funcionando así como centro generador del edificio. Así, en torno a él se disponen el refectorio o la sala capitular, entre otros lugares importantes del monasterio.
En la imagen superior podemos apreciar el claustro del Monasterio de Santa María la Real, en la localidad palentina de Aguilar de Campoo. Se trata de un ejemplar tardío, que enlaza en cierta forma con los primeros años del Gótico. Así lo vemos precisamente en este claustro, que combina con acierto los arcos de medio punto, de menor tamaño, con arcos apuntados que enmarcan los arcos menores de tres en tres. Este edificio sufrió el paso del tiempo de forma implacable, como muchos otros ejemplares del románico rural, especialmente prolífico en las provincias castellanas, como son Burgos o Palencia. En el caso que nos ocupa, fue abandonado tras la Desamortización de Mendizábal. Desde los años de la Segunda República es nuevamente puesto en valor, y posteriormente es restaurado, hasta tal punto que hoy día es una referencia del Románico palentino, y sede no sólo de una Instituto de Enseñanza Secundaria, sino también de la Fundación Santa María La Real-Centro de Estudios del Románico, que está realizando una ingente labor por la recuperación de las iglesias románicas, especialmente las castellano-leonesas. Un buen ejemplo de una empresa cultural. Una institución pujante que colabora en la preservación de un patrimonio tan interesante como desconocido para muchos de nosotros.
Web de la Fundación Santa María La Real-Centro de Estudios del Románico:

sábado, 7 de febrero de 2009

El Valle del Románico


Al borde de los Pirineos, justo en la frontera que separa la Península Ibérica del resto de Europa, encontramos un valle en el que se dispone un más que interesante grupo de iglesias románicas, edificadas en pequeñas poblaciones de la actual provincia de Lérida. Quizás no son grandes obras. Puede ser que ninguna de ellas constituya ejemplos acabados del Románico más ortodoxo, y es posible que ni siquiera tengan una estrecha relación con el Románico de peregrinación que tan bien representa el Camino de Santiago, con la catedral compostelana a la cabeza. Pero, a pesar de ello, o puede que gracias a esta circunstancia, las iglesias del leridano valle del Boí sean un testimonio certero y sincero de la arquitectura de los siglos XI y XII en los ámbitos rurales. Estamos hablando de un románico sencillo. De un Románico popular. Hablamos de pequeñas grandes obras. Hablamos, en definitiva, de un recorrido sentimental y emocionante que incluso ha sido declarado, con gran acierto, Patrimonio Mundial de la Humanidad.
Las iglesias a las que nos referimos se levantan en torno a una zona de difícil acceso, que durante siglos estuvo muy mal comunicada, lo cual explica en parte la pureza con la que han llegado las obras originales a nuestros días. En su concepción general acusan un repertorio técnico y formal retardatario respecto a otras obras peninsulares, pero que, como gran parte del Románico catalán, bebe de las fuentes del Románico italiano, y más concretamente de la Lombardía, según vemos en las galerías de arcos lombardos que jalonan muros y ábsides. Entre ellas apreciamos además unas señas de identidad incuestionables, a la vez que analogías estilísticas notables, que nos están hablando de una cronología my cercana entre todas ellas. Elemento indispensable para entender estas obras son sin duda alguna sus torres, de reminiscencias igualmente italianas, y con una progresiva utilización del vano geminado en altura. Son símbolos de poder, pero también sirven para un mejor control de un territorio de complicada orografía.
Sant Climent de Taüll, Santa María de Taüll, Sant Feliu de Barruera, La Nativitat de Durro, Sant Joan de Boí, o la maravillosa iglesia de Santa Eulalia de Erill la Vall que encabeza esta entrada, son algunos de los sensacionales templos que salpican un valle tan hermoso como inhóspito, de obligada visita para todo aquel que sepa disfrutar del Románico.
Pero aquí no queda todo. La visita será más completa si además se contemplan las pinturas murales originales, actualmente conservadas en el Museo Nacional de Arte de Catalunya, en Barcelona.

martes, 3 de febrero de 2009

La Sevilla Islámica


Hace unos días, los alumnos de Historia del Arte del IES "Federico Mayor Zaragoza" de Sevilla y un servidor realizamos una visita por el centro de la ciudad para poner en práctica los conocimientos sobre Arte Islámico.
La visita dio comienzo a las 08:00 en nuestro centro. Desde allí partimos hacia el casco antiguo, al que accedimos andando desde los Jardines de Murillo, atravesando luego algunos de los callejones y adarves que salpican los barrios de Santa Cruz y de la Judería. Tras desayunar, visitamos la Giralda, pero también los restos del patio de la que fue mezquita aljama de la ciudad durante el dominio almohade. A continuación, nos dirigimos hacia la Plaza del Salvador, para poder apreciar los vestigios de la primitiva Mezquita de Ibn Adabbas, de época emiral. La fase final de la visita tuvo como objeto el grupo de torres que enlazaban el recinto del Alcázar con la zona del río, esto es, las torres de Abdelazis, de la Plata y del Oro, esta última conocidísima por todos, y ejemplo notable de torre albarrana, que aseguraba el dominio más allá del perímetro original de la muralla y permitía una mejor defensa de la ciudad. Desde allí, y tras un café a media mañana, volvimos a nuestro instituto, al que llegamos a las 12:00, para continuar nuestra jornada lectiva.
En la imagen, y teniendo como mrco incomparable la sevillana Torre del Oro, de época almohade, me acompañan, de izquierda a derecha, María, Fran y Ricardo.
Podéis visitar sus blogs y leer las reseñas de sus visitas en los siguientes enlaces:

lunes, 2 de febrero de 2009

Albayzín



El Albayzin. O Albaicín. Como queráis escribirlo. Uno de los más hermosos barrios que nos dejó el legado musulmán en la Península Ibérica. Un cúmulo de sensaciones frente a la Alhambra de Granada, con el Río Darro como frontera. Nos econtramos ante un testimonio de incalculable valor de lo que supone el urbanismo islámico en la última plaza conquistada por los Reyes Católicos, que concluyó con la toma de Granada el 2 de enero de 1492. Calles estrechas, retorcidas, con fuertes pendientes derivadas de la complicada orografía de la colina sobre la que se asienta, y que establece un mudo diálogo con el frontero cerro de la Sabika desde el que se levanta la Alhambra y el Generalife. El valor de este singular y carismático barrio, guardián de las esencias más profundas de una ciudad inmortal e irrepetible, fue reconocido justamente con la declaración de Patrimonio Mundial de la Humanidad, ampliándose de esta forma la protección de la que ya gozaban los palacios nazaríes antes citados, conocidos universalmente.
Al estudiar las manifestaciones del arte nazarí, las referencias a la Alhambra y al Generalife son justamente obligadas. Mirar hacia estas obras supone reconocer los valores de una cultura delicada y de enorme sensibilidad. Pero volver la vista hacia el barrio que hoy nos ocupa nos hace ver el componente popular del antiguo Reino de Granada, y más concretamente de su capital, que resistió como pudo ante el avance reconquistador de los reyes cristianos durante toda la Baja Edad Media. Así, el recorrido por sus misteriosas calles nos habla, igual que nos habla el Patio de los Arrayanes o el Palacio del Partal, de los últimos años de los nazaríes en esta hermosa ciudad. No es casualidad que entre esas calles nos encontremos, por ejemplo, con el Palacio de Dar al-Horra, obra del siglo XV, y morada de la madre de Boabdil, último rey granadino, trasunto de los palacio nazaríes de la vecina Alhambra. No es casualidad tampoco la gran cantidad de restos que nos quedan entre sus rincones, entre los que sigue fluyendo la vida a cada paso...
... Plaza Larga, Plazuela de Aliatar, Calle Calderería, los aljibes, el Mirador de San Nicolás, La Peña Flamenca La Platería, Arco de Elvira, La Iglesia del Salvador, la Cuesta del Chapiz, San Miguel Bajo, San Cristóbal... muchas imágenes, mucho que ver, y mucho que sentir, en una de los lugares con más personalidad que el que escribe recuerda, y en el que tuvo la suerte de poder vivir durante unos meses, hace ahora dos años.
Por último, os propongo un vídeo donde se ve un poquito de lo que hoy es el Albayzín:

miércoles, 28 de enero de 2009

Los otros alminares de Córdoba


Aunque al hablar del arte hispanomusulmán la referencia a la Mezquita de Córdoba nos parezca obligada, no está de más dedicarles unas líneas a obras contemporáneas mucho menos conocidas pero no carentes de interés.
Recordemos que, aunque la Mezquita Aljama de Córdoba comenzó a edificarse en el siglo VIII, siendo emir Abd-al-Rahmân I, fue objeto de diversas intervenciones y ampliaciones durante los dos siglos posteriores, siendo las obras llevadas a cabo durante el califato iniciado en el año 929 por Abd-al-Rahmân III las más importantes y de mayor calidad artística. Cabe recordar que esos son los mismos años que vieron nacer la ciudad palatina de Madinat-al-Zahra a tan sólo seis kilómetros de la capital califal. Cabe decir también que Córdoba era, por aquel entonces, una ciudad pujante a nivel cultural y artístico, y una de las urbes más importantes del Occidente europeo. No nos parecerá extraño por tanto el hecho de que, además de la mezquita principal situada en la medina o centro de la ciudad, hubiera otras mezquitas de barrio, más modestas pero igualmente funcionales, y distribuidas estratégicamente por el recoveco entramado de las calles de la ciudad.
La foto de más arriba nos muestra los restos de una de esas mezquitas de barrio de la Córdoba Omeya. Se trata del alminar situado junto a la Iglesia de San Juan de los Caballeros, muy cerca de la céntrica Plaza de las Tendillas. Aunque no dispongamos de documentación exhaustiva, la historiografía artística suele datar esta obra en la primera mitad del siglo X, justo cuando la ciudad vivía su período de esplendor. Si nos fijamos en las carcaterísticas del alminar, la atribución cronológica no parece desencaminada, a tenor del repertorio formal utilizado en los arcos, un trasunto evidente de los de la Mezquita Aljama, esto es, de herradura y con dovelas bícromas. El aparejo utilizado sigue la tendencia de soga y tizón tan propia de la época, y como es común en el arte califal, se aprovechan distintos materiales de acarreo de épocas anteriores, visigodos principalmente. Este pequeño alminar, que debió tener mayor altura, presenta en su interior una escalera de caracol dispuesta en torno a un machón central, cuestión esta que lo pone en contacto directo con el alminar de la también cordobesa Iglesia de Santiago, de cronología cercana, o con el del Convento de Santa Clara. Como vemos, algunos de estos alminares fueron reutilizados tras la Reconquista cristiana para servir de campanarios a las nuevas parroquias. Se trata de una constante muy habitual a lo largo de la Historia del Arte y que está cargada de simbología, en tanto en cuanto una religión intenta superponerse a la anterior utilizando para ello los mismos espacios religiosos preexistentes, aunque modificándolos.
Sirva esta entrada para valorar el patrimonio artístico más allá de las grandes obras. Sirva para preservar estos testimonios que, aunque modestos, constituyen elementos de incalculable valor para conocer nuestro pasado. Ojalá las autoridades sepan darse cuenta. Y que este pequeño alminar pueda conservarse en mejores condiciones.
P.D.- Si algún cordobés ve este blog, que comente si el alminar presenta actualmente el mismo aspecto que en la fotografía, pues hace casi dos años que no voy a Córdoba.

lunes, 26 de enero de 2009

San Marcos de Venecia



Una de las más universales estampas de la bellísima ciudad de Venecia es esta plaza que podéis ver en la imagen. Aparece presidida, cómo no, por la Iglesia de San Marcos, sin lugar a dudas el templo más conocido de la ciudad, aún a pesar de los notables ejemplos de arquitectura religiosa que esta ciudad atesora.

Aunque el edificio bizantino más conocido es Santa Sofía de Constantinopla, con toda su problemática de cúpulas y pechinas, habría que citar, en relación a las construcciones religiosas levantadas en el Imperio Bizantino, el conjunto de iglesias de planta de cruz griega con cúpula central y cuatro de tamaño más pequeño en cada uno de sus brazos. Esta tipología, de carácter centralizado y eminentemente centrípeto, tuvo en la Iglesia de los Santos Apóstoles de Constantinopla su ejemplo más notable. Datable, como la anterior, a mediados del siglo VI, tuvo una gran influencia en Occidente. Así, a pesar de que la obra original no se conserve debido a que fue destruida por los turcos cuando tomaron la ciudad para convertirla en la Estambul del Imperio Turco, y sólo tengamos de ella referencias a través de miniaturas medievales, conservamos su recuerdo a través de obras posteriores que siguieron, con mayor o menor fidelidad, esa misma tipología. El ejemplo más destacable es, precisamente, la veneciana Iglesia de San Marcos de la que antes hablábamos. Aunque con el paso de los años haya tenido diversas intervenciones, la obra originaria data del primer tercio del siglo IX. No obstante, la mayor parte de reconstrucciones que se hicieron fueron llevadas a cabo por arquitectos bizantinos, como la realizada a mediados del siglo XI. Sea como fuere, esta sensacional obra cumple todos los preceptos del arte bizantino no sólo en lo relativo a la planta de cruz griega y al sistema de cúpulas que presenta, sino también en todo lo referente a la profusa decoración musivaria con la que se acompaña, verdadero emblema del interior de los edificios bizantinos. Baste recordar los casos de las iglesias de Rávena para recordar todo cuanto decimos.

Esta iglesia supone, por tanto, un hito oriental en tierras occidentales. Un ejemplar fastuoso de la rica y comercial Venecia. Una imagen imborrable en el imaginario del viajero. Y un complemento perfecto al Palacio Ducal que se construyó durante la Baja Edad Media al amparo del crecimiento del comercio y el florecimiento urbano.

domingo, 25 de enero de 2009

El nacimiento de una religión



Aunque a lo largo de la Historia del Arte, los distintos temas iconográficos hayan tenido un amplio desarrollo en el tiempo y en el espacio, hay que recordar que, como en todo, hubo un comienzo. Y esos primeros momentos, en lo que se refiere al arte cristiano no fueron especialmente sencillos. Situémonos en la Roma del Bajo Imperio, en el seno de una civilización en franca decadencia, pero que seguía basando sus creencias religiosas en un politeísmo heredado de los griegos. Los primeros cristianos se vieron obligados a realizar sus cultos de forma clandestina, ya que las autoridades políticas persiguieron con ahínco a estos primeros fieles. Habrá que esperar a que el emperador Teodosio decrete la libertad religiosa en el año 313 a través del Edicto de Milán, y a que en el 380 sea reconocida como religión oficial del Imperio.

Hasta entonces, los cristianos llevaron a cabo sus actividades en las famosas catacumbas, aprovechando los arenarios que servían para la extracción de piedra y arena destinada a la construcción de edificios. Aprovechando estas infraestucturas, los primeros cristianos siguieron excavando diversos túneles subterráneos en los que se dispusieron fosas de forma rectangular. Además, hay que citar la existencia de los cubículos, pequeñas cámaras de planta cuadrangular en las que supuestamente tenían lugar las celebraciones litúrgicas. Esa es la razón por la cual es en estos lugares precisamente en los que encontramos el más antiguo repertorio iconográfico del arte cristiano.

Una de las catacumbas más representativas es la de Calixto, en la que se encuentra esta representación, que podemos datar hacia el siglo III. Se trata de una temprana visión de la figura de Jesucristo, en este caso como Buen Pastor. Se trata de un tema, no obstante, que ya había sido utilizado en el arte griego, como muestra el Moscóforo, y que en este caso fue readaptado a una nueva realidad. En cierto modo, se trataba de simbolizar a un pastor de almas que guía a su rebaño, los cristianos, que se ejemplifican en el cordero que lleva sobre sus espaldas. Un tema sencillo, directo para el creyente, como lo fueron otros durante estos primeros siglos a la vista de las pinturas conservadas, hasta que posteriormente las temáticas se fueron diversificando y haciéndose más coomplejas.

jueves, 8 de enero de 2009

Las efigies de Antinoo


Uno de los mayores logros conseguidos en las artes plásticas romanas lo constituye, sin lugar a duda, el amplio desarrollo alcanzado por el retrato. Aunque inicialmente estos tuvieron un componente de marcado carácter funerario, para perpetuar la memoria de los antepasados, la evolución posterior experimentada por esta tipología va más allá, y alcanza su cénit durante los años del Imperio Romano, siendo la figura del emperador Octavio Augusto un punto de inflexión de todo cuanto decimos. Con él es cuando se generaliza la tradición de los retratos imperiales, que servirán para crear un modelo a seguir por todo el Imperio. De esta forma, se realizarán retratos de los emperadores en cualquier rincón de los dominios romanos para que de esa forma fueran fácilmente reconocibles. Esta circunstancia se inscribe claramente en la tendencia propagandísrica de los romanos, extensible también a los relieves históricos y conmemorativos. Las esculturas de los emperadores, ya fueran de busto o de cuerpo completo, jugaban además un papel importante en la instauración de modas y normas estéticas en todos los ciudadanos del Imperio. Una muestra más del interés de los emperadores por mantener la cohesión cultural a lo largo y ancho de todos sus dominios, como también lo es el latín y el desarrollo del derecho.
Además de los retratos de los emperadores, es justo que digamos que también se realizaron numerosas esculturas de personajes anónimos enriquecidos, así como de figuras destacadas de la historia de Roma, como es el caso que ahora nos trae aquí. Nos referimos al personaje de Antinoo, cuya vida se nos muestra en no pocas ocasiones a medio camino entre la historia y la leyenda. Nacido a principios del siglo II en Asia Menor, su vida está ligada de forma inevitable a la del emperador Adriano, que fue su protector. Como decimos, gran parte de su vida está envuelta en la leyenda y jalonada de anécdotas de difícil documentación que nos muestran a un adolescente acompañante del emperador a nivel incluso amoroso y sexual. Aunque no podamos descartar este hecho por completo, lo cierto y verdad es que la leyenda sobre el amor entre el joven y el emperador ha sido magnificada posteriormente, aumentando así la fascinación hacia un personaje lleno de misterio. A esto ayuda, no cabe duda, la forma con la que éste fue representado desde el mismo momento de su muerte, acaecida en el río Nilo para salvar la vida del emperador. Adriano agradeció el gesto divinizando e inmortalizando al joven, de forma que encontramos efigies de este personaje en numerosos puntos del arco mediterráneo. Siempre se nos muestra joven, melancólico y con la mirada perdida. Son especialmente característicos los rizos sobre la frente y una deliberada intención por mostrarnos a un joven de gran belleza, más allá de la vida y de la muerte. Se trata sin duda alguna de un capítulo hermoso e insólito en la Historia del Arte, a la vez que abundante, como decimos, en tanto en cuanto se conservan numerosos ejemplares.
Buena muestra de lo que decimos podéis verlo en esta web especializada en el tema, que nos ofrece un recorrido virtual sobre las efigies dedicadas al misterioso adolescente, a la vez que ofrece documentación y diversos enlaces sobre la materia.
Por último, también podéis acudir a interesaros algo sobre la biografía del personaje a través de este enlace
En la imagen, el espléndido busto de Antinoo conservado en el madrileño Museo del Prado.

martes, 6 de enero de 2009

De puente a puente

Es de sobra conocido el gran legado cultural que los romanos dejaron en la Península Ibérica. Basta con echar un vistazo a la cantidad de restos materiales conservados en cualquier rincón, por más remoto que nos pueda parecer. Existen numerosos pueblos españoles en los que se conservan testimonios de aquella civilización. En muchos casos, dichos testimonios son no sólo testigos mudos de la historia pasada, sino también símbolos que se muestran con orgullo al visitante y que, aún hoy, son un elemento vertebrador de sus habitantes, algo especialmente visible en el atractivo turístico que suelen tener, lo que les da sentido como pueblo. En cierto sentido, siguen siendo elementos vivos que incluso a veces siguen utilizándose, dos milenios más tarde, para las mismas funciones para las que fueron concebidos.
El hecho de que conservemos tantos monumentos romanos estratégicamente repartidos por nuestro territorio tiene una explicación muy sencilla que nos pone en contacto con el pragmatismo y el sentido práctico de la civilización romana. Y es que, al contrario que los griegos, cuyas máximas aspiraciones en sus conquistas tenían un sentido claramente comercial, los romanos van a adentrarse en los territorios a los que lleguen de una forma física y también cultural. Es lo que se ha dado en lllamar como "Romanización", proceso de aculturación que utilizó diversos vehículos con el fin de crear un imperio homogéneo y fuertemente cohesionado, de forma que los cimientos culturales fueran prácticamente inamovibles. Gracias al derecho, a una lengua común como es el latín, y a la creación de una serie de infraestucturas que aún hoy, como decimos, sigue sorprendiendo por su sabia conjugación de ciencia y estrategia, consiguieron, como decimos, mantener unida a gran parte de la población del arco mediterráneo, hasta tal punto que buena parte de lo que los europeos somos hoy se la debemos a aquellos años de dominación romana.
La creación de ciudades, la articulación de éstas mediante una serie de calzadas y vías de comunicación, iba aparejada, además, de la construcción de puentes, acueductos, arcos, teatros, anfiteatros, templos y demás edificios significativos de esta civilización, tanto dentro como fuera de las ciudades. Aún a pesar de la vocación claramente urbana, o quizás precisamente por ello, la construcción de puentes fue especialmente notable en un territorio como fue Hispania, dada la complicada orografía del terreno. Esta circunstancia es especialmente visible en el espectacular puente sobre el Río Tajo que podéis ver en la imagen. Datable a principios del siglo II de nuestra era, se encuentra en la localidad cacereña de Alcántara, y supone un alarde técnico verdaderamente sorprendente y paradigmático dentro de la arquitectura antigua española. Debemos tener en cuenta que supera los 70 metros de altura, así como el hecho de que salve un importante desnivel causado por el escarpado valle formado en torno al cauce del río, uno de los más importantes, a nivel geográfico e histórico, de nuestro país. Debemos asimismo observar la gran destreza con la que han sido diseñado los arcos, de gran envergadura, y las soluciones adoptadas en los gruesos pilares, fuertemente reforzados en su parte inferior para soportar las posibles crecidas del río derivadas de cualquier tipo de inclemencia metereológica.
Ejemplo sin parangón entre los puentes romanos españoles, no debemos olvidar sin embargo que existen numerosos ejemplos igualmente interesantes en la península, si bien es cierto que muchos de ellos han sufrido transformaciones a lo largo de su historia, únas más agresivas que otras. Suponen, en todo caso, una afirmación más para volver a decirlo... el Arte está vivo...

viernes, 12 de diciembre de 2008

Mujeres Ibéricas: El caso de Baza



Aunque ya en su momento nos ocupamos de tratar todo lo relativo a la Dama de Elche y la revisión que de ella se hizo en el siglo XX, hoy vamos a abordar algunos aspectos sobre su hermana, la Dama de Baza, escultura igualmente ibérica que fue encontrada en 1971 en la citada localidad granadina y que, lo mismo que la escultura ilicitana, forma parte del importante grupo de esculturas ibéricas que jalonan parte de la historia prerromana española. Recordemos que en la Península Ibérica no había un pueblo ibérico, sino varios, de forma que, en cada zona, se configuraron sociedades distintas aunque entre todas ellas existieran elementos comunes. En el caso que nos ocupa, tenemos que citar a los bastetanos, y a Baza como centro fundamental.

La Dama de Baza es una escultura realizada en piedra caliza policromada. Se da la circunstancia de que se conserva aceptablemente bien la policromía, hecho poco usual entre la escultura antigua, de forma que gracias a esto podemos hacernos una idea aproximada del aspecto original que pudieron tener otras esculturas femeninas ibéricas como la citada Dama de Elche, la Dama de Ibiza o la Dama del Cerro de los Santos. En todos estos casos hablamos de esculturas femeninas, que se nos muestran ricamente vestidas. En todas es muy destacable el ajuar personal, alcanzando especial importancia las joyas y los peinados, que si bien llegan a su máxima expresión en la obra de Elche, es igualmente interesante, en este caso, la forma con la que se conciben y representan los pendientes y collares.

La Dama de Baza se nos presenta sedente y entronizada, al contrario de otras obras similares, que aparecen de pie. Continúa aún el misterio sobre la posibilidad de que el busto encontrado en Elche fuera en realidad parte de una obra de mayor tamaño, y si, en ese caso, de su disposición. A tal efecto, existen diversas recreaciones visuales. Lo que sí une a ambas esculturas, además de sus rasgos físicos y de su atuendo, es su finalidad funeraria, ya que en ambos casos aparecieron en necrópolis, y tenían en la parte posterior un orificio para depositar, al aparecer, las cenizas de un difunto. En el caso de la Dama de Baza se encontaron además una serie de vasijas, que probablemente funcionaran como ofrendas.

Por último, habría que añadir que estas esculturas femeninas nos hablan de la importancia de la mujer en estas sociedades protohistóricas.

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